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Full text of "Francisco Bauza Ensayo Sobre La Formacion De Una Clase Media"

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ENSAYO 



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ENSAYO 

SOBRE LA FORMACION 

DE UNA 

CLASE-MEDIA 

POR 

FRANCISCO BAUZA 




MONTEVIDEO 

IVPREXTA DE «EL XACTOXaT.' 

1870 



SALA URUGÜj 
BIBLIOTECA NACION 



PREAMBULO 



¡Veintidós siglos hacen que Aristóteles escribía: «Los 
grandes estados están ni ¿nos espuestos á los movimientos 
populares. ¿Porqué? Por que la clase média es allí nume- 
rosa. Pero las pequeñas ciudades están frecuentemente 
divididas en dos partidos. ¿Por qué? Porque nó se encuen- 
tran allí mas que pobres y rícoá, es decir estreñios y no 
médiosl» Esta profunda verdad del filósofo de Stajira ha 
sido confirmada por el trascurso de las edades, y ha de- 
mostrado además la solidaridad que vincula á los pueblos 
al través de las distanciasque losseparanenel espado. y del 
respectivo olvido á que parece lanzarlos con su indiferén- 
cia el tiempo. Nuestro saber político recibe aquí una gran- 
de lección de la historia: las mismas causas que obstaculi- 
záronla constitución sólida de las repúblicas griegas, son 
lasque impiden hoy el desarrollo total de las repúblicas 
sud-arnericánas. Ignorancia ó despotismo arriba ; esclavi- 
tud ó miseria abajo : he aquí lo que perdió a la Grécia re- 
publicana, y lo que tal vez puede perdernos á nosotros. La 
cuestión que nuestros padres plantearon y resolvieron en 
el terreno político, la encontramos ahora esperando una 
nueva solución en el terreno social. Obtener la indepen- 
dencia de la República fué el propósito deliberado y con- 
seguido por nuestros mayores : radicar esa independencia 
fundando definitivamente un gobierno y asimilándole á 
un órden social permanente, es el problema que se plan- 
téa hoy por sí mismo para decidir la suerte de la Nación. 



- 4 - 



Cuando el presentimiento de las aspiraciones nuevas se 
diseña en la rejion de las ideas, queda todavía una larga 
época de elaboración intelectual para los propagandistas 
y los reformadores teóricos : cuando la teoría ha hecho ca- 
mino y se presenta accesible de abordar el terreno polí- 
tieo para establecerse 4 en la práctica, entonces empiézala 
lucha de los partidos y la controvérsia de los sistemas: pero 
cuando esta última lucha ha concluido y las cuestiones 
descienden al terreno social, entonces no hay posibilidad 
de espera, porque aquello que empezó por una aspiración 
vaga, concluye por ser una necesidad positiva y se eleva 
á la categoría de un peligro público. Nosotros hemos lle- 
gado á esta situación. Después de cuarenta años de revolu- 
ciones y de ensayos el pueblo ha pedido la libertad en el 
orden, sin que nos sea posible negarle lo primero ni ase- 
gurarle lo segundo, puesto que el orden requiere la estabi- 
lidad política, y entre nosotros la estabilidad no existe. 
Se confirma la aserción de Aristóteles: el desequilibrio so- 
cial labra la ruina de la República. Desde que no hay una 
clase inedia capaz de contrabalancear las aspiraciones de la 
primera clase social y de la última, el equilibrio desapa- 
rece y la anarquía se presenta para recojer el fruto de la 
victoria. Se dice todos los dias que entramos al camino de 
la reconstrucción, pero podemos estar abocados sin saber- 
lo al cataclismo de la d ¡solución. 

El largo debate entre la superioridad de las institucio- 
nes y la prepoténcia de las individualidades políticas se 
ha cerrado ya: la victoria moral para algunos, esta del la- 
do de las instituciones: el triunfo material esto no obstan- 
te, ha sonreído á los individuos. Pero la cuestión afecta hoy 
una nueva forma y asume proporciones alarmantes: ni 
las instituciones ni los individuos podrán sostenerse si la 
sociedad no se reorganiza. El mal que nos aqueja no es ya 
una efermedad transitoria, es un mal social. La gestión 
absolutamente política de los negocios toca á su término, 
diseñándose vigorosamente la érade las reformas sociales 
que son esperadas con impaciencia para echar las bases de 
una organización nueva. El camino está abierto y los ele- 
mentos sobran: el porvenir nos dirá si también han sobra- 



(lo los hombres capaces de utilizar esos elementos provi- 
dencialmente esparcidos á nuestro alcance, por efecto de 
la descomposición que se verifica en todos los ámbitos de 
esta sociedad desquiciada á impulsos de una época de 
transición. A vueltas de tantas perturbaciones el senti- 
miento público empieza ádefinirse, para formular sus re- 
clamos en un programa tan sencillo como la solución á que 
aspira. Basta de divisiones eslremas disputándose el poder: 
venga unaclasesocial intermediaria que ponga á todos en 
orden y déá cada uno lo que le compete. Tal es la nece- 
sidad imperiosa del momento: por nuestra parte hemos 
tratado de hacerla bien comprensible en este escrito-, á la 
luz de las enseñanzas de la Economía política y de la His- 
toria. 



Montevideo, Junio de 1876. 



1 



La ley del desarrollo es el trabajo: toda vez que el 
hombre se abandone a los instintos de holganza eon que su 
naturaleza le incita, está seguro de cae/ en la postración 
y la miseria. A pesar déla repugnancia con que el trabajo 
es mirado por el ser humano, la necesidad le empuja á 
afrontarlo y siempre que se vé urgido entre la satisfacción 
de exijéncias imprescindibles ó la supresión de un esfuer- 
zo, opta por lo primero y trabaja para quitarse una pena 
mayor con otra que es mucho menor. El instinto de conser- 
vación, sentimiento poderosamente desarrollado en el ser 
racional, le predispone á observar una conducta adecuada 
al império con que sus necesidades se le imponen y á la 
exijéncia con que sus goces le convidan, siendo así que re- 
parte proporcionalmente su tiempo para satisfacer á las 
unas y revivir en los otros. Todo hombre sabe que si no 
trabaja sucumbe. Colocado en la disyuntiva de hacer es- 
fuerzos ó morirse de hambre, el hombre sacrifica el repo- 
so á la satisfacción de una necesidad perentoria y solo des- 
pués que la ha llenado se entrega al descanso. Este des- 
canso es indudablemente un placer, pero el instinto de 



conservación le avisa de antemano que semejante placer 
es muy poco duradero cuando el dolor del hambre está 
tras de él, y la reflexión por su parte también le dice que 
si se entrega por completo á la holganza, llegará un mo- 
mento en que ni fuerzas tenga para trabajar y entonces 
morirá indefectiblemente. Es así que el hombre trabaja 
impulsado por la necesidad y no inducido por el goce que 
pueda encontrar en la actividad de sus esfuerzos, desde 
que cada esfuerzo verificado le cuesta una pérdida de re- 
poso bien sensible á su naturaleza. 

Empéllanse algunos autores en demostrar que el hom- 
bre ha nacido con predisposiciones muy marcadas al tra- 
bajo, y que encuentra en*l, verdadero placer y completa 
satisfacción á sus instintos. La esperiéncia prueba Jo 
contrario, pues la humanidad misma acordando el premio 
de la virtud al hombre trabajador, indica que mira en él 
á una individualidad capaz de vencer las resistencias que 
le opone su propia naturaleza : si el trabajo fuera un pla- 
cer, nadie se acordaría de mencionarlo en sus semejantes 
como un título personalmente diguiücador. Por otra parle^ 
todo converge á demostrar que el hombre trabajt* por ne- 
cesidad y se esfuerza en conseguir el descanso <|ue, es su 
aspiración mas pronunciada : el viro que atesora ni su 
juventud, pretende el descanso en la vejez: el padre que 
forma la fortuna de su familia, aspira á que sus hyos tra- 
bajen ménos cuando lleguen á la edad viril. Es indudable 
que la costumbre del trabajo dá una dirección enérgica á 
las facultades del hombre, y llega á crear tanto en su es- 
píritu como en su cuerpo cierta aptitud cuyas exijéncias 
satisface mas larde con placer: pero este hecho bastante 
general no importa una predisposición positivcudei ser hu- 
mano ai trabajo, ántes bien, solo indica la fuerza de sus 
necesidades y la intelijénciadesu raciocinio, cuya previ- 
sión llega á vencer hasta las mismas condiciones desfavora- 
bles con que el ser racional nace á la vida. El trabajo es pa- 
ra el hombre una pena, pero mayor pena es el hambre, y 
entre dos sacrificios, pretiere el de su reposo en cambio del 
de su vida. He aquí cómo el instinto de conservación tras- 
forma en activo á un ser de tendencias completamente es- 
tacionarias. 



— 8 — 



Por lo que queda espresado puede calcularse la laborio- 
sa gestación en que han vivido las sociedades humanas* 
antes de encontrarse formadas y aptas como lo están en el 
dia para gobernarse según sus aspiraciones de progreso. 
Fué necesario que el hombre se venciéra primeramente á 
sí mismo para disciplinarse en laecueladel trabajo : des- 
pués necesitó vencer las preocupaciones de gran parte de 
sus semejantes engreídos por las utilidades que conseguían 
á costa del trabajo ajeno : y por último se formaron las so- 
ciedades sobre la división estricta de las clases, pues era 
ya tiempo que no se confundiesen el que ganaba el pan con 
con el sudor de su frente, y el que lo comía por derecho 
de casta . A la división de las clases se siguió su rivalidad : 
á la rivalidad sucedió el dominio de una sobre todas. En 
la lucha de las aspiraciones al bienestar, tenía que vencer 
á la larga aquella clase social que mayores riquezas pudie- 
ra obtener por acumulación, y como nadie sabe ahorrar 
mejor que el que conoce prácticamente las dificultades 
de adquirir, fueron los trabajadores mas asiduos quienes 
llegáron á poseer los capitales mas grandes. De aquí pro- 
viene el oríjendeesa clase-média que ha destronado en 
Europa la gerarquía de los ráncios pergaminos para susti- 
tuirla por la gerarquía del saber, en las ártes como en las 
ciéncias, en la administración como en el comércio. Con- 
viene estudiar por qué razón no se ha formado entre noso- 
tros esa clace social que es la preuda de una organización 
pública acabada, investigando al mismo tiempo cuáles 
pueden ser los medios adecuados á provocar su desa r« 
rollo. 

La República del Uruguay forma parte integrante de 
ja gran familia de los pueblos que se designaron con el 
nómbre de colonias hispanoamericanas : su descubri- 
miento y conquista al igual del de todos, se verificó por 
hidalgos y caballeros que militando en España bajo las 
banderas de Fernando V ó de Cárlos, traían á estos pue- 
blos los vicios y las virtudes de su tiempo. Gran despré- 
cio al trabajo, mucha sed de oro, una superstición relijiosa 
inconcebible, un valor guerrero sin límites y una audácia 
á toda prueba; tales fueron las dotes de los conquistadores 



y primeros pobladores de estas rejiones. El carácter de 
los padres se trasmitió álos hijos: con la fuerza de una 
sangre vigorosa bien podia formarse una raza que no des- 
mereciera ni en las aspiraciones ni en los gustos con la de 
los fundadores. Andando el tiempo, las colonias trasfor- 
madas en naciones sacudieron el yugo de la metrópoli, 
perosi el poder español se fué, las costumbres de la aris- 
tocracia que nos había gebernado quedaron. Nos encon- 
tramos el dia siguiente de la emancipación con que Oramos 
un pueblo de caballeros, completamente desdeñosos de lo 
que pudiera ennegrecer nuestras manos, y tan hábiles en 
decir galanterías y en buscar proezas como fecundos en 
inventar medios que revelasen la elevada alcurnia de 
nuestra ascendencia. El tiempo nos hizo pagar bien caro 
esta propensión pueril de nuestras tradiciones de abolengo 
llegando a encontrarnos poseedores de grandes feudos 
territoriales que nada producían porque nadie los cultiva- 
ba, pero que persistíamos en sostener por un resto de 
aquel orgullo feudal que la España httbía fomentado en 
nuestros abuelos con sus donativos de encomiendas, y sus 
jargas mercedes de tierras. Como corolario de todo esto 
ha resultado, que sin amor al trabajo y sin industria, la 
República rica por su territorio pero pobre por sus pro- 
ducciones ha caminado desde el dia de su independencia 
hasta hoy, entre desgracias y catástrofes mas de cuarenta 
años de su vida. 

No por que la esperiéncia haya hecho evidente la pro- 
fundidad de estos males, se ha tratado con ahinco de po- 
nerles remédio. La Nación ha marchado como ha podido, 
y los gobiernos, careciendo de elementos radicalmente 
adheridos al orden en que apoyarse, han gastado su tiem- 
po defendiendo el poder que el partido vencido ha tra- 
tado siempre de escalar. Por todas partes ha resonado el 
ruido de las luchas políticas, conmoviendo los espíritus y 
apocando el ánimo de las poblaciones trabajadoras con la 
incertidumbre del porvenir. Así es que nuestros progre- 
se» se han verificado del modo mas ilójicoque pueda su- 
ponerse: unas veces son las dictaduras irresponsables 
quienes promueven el adelanto material 6 intelectual 



10 — 



del pueblo, consiguiendo pasmunos resultados en brevísi- 
mo tiempo; otras veces son los gobiernos regulares quie- 
nes se oponen al desarrollo natural de los adelantamien- 
tos sociales, provocando discusiones estériles y contra- 
tiempos inesperados en los casos mas fáciles. La huella de 
esta intermitencia se ve estampada en la fisonomía ma- 
terial de todo el país: al lado del mísero rancho que se 
ostenta como una tristísima muestra de la civilización 
primitiva, pasa precipitado el ferro-carril que enlaza en 
medio de largas distancias á pueblos";bien apartados : si 
aquí se vé una ciudad, es necesario correr cuarenta lé- 
guas á la redonda para encontrar otara, sin que puedan 
abrigarse esperanzas de descubrir en el intermedio pobla- 
ciones que marquen la gradación del progreso difundido 
de pueblo á pueblo. En los grandes establecimientos de 
campo donde las vacas se cuentan por millares, no se en- 
cuentra otro sistema industrial que el primitivo procreT) 
voluntario de los animales, distribuidos á la ventura por 
su propio instinto. 

Con motivo de la inseguridad permanente á que el füás 
se halla sometido, nadie se crée autorizado á dar una 
vasta circulación á los capitales : quien más quien me- 
nos, desea labrarse un pequeño patrimonio para comprar 
una casa y evitarse deesa suerte el andar comprometido 
en negocios de industria, á los cuales se les llama con to- 
do el desenfado de los resabios caballerescos, quebraderos 
de cabeza. El mecanismo de los bancos hipotecarios que 
debia ser vulgar en un pueblo donde la propiedad raíz es 
la única caución de que ee dispone para los negocios, per- 
manece tan desconocido como una ecuación algebraica 
en las tribus de la Pampa. La agricultura anda en el pen- 
samiento de muchos, pero apenas si se atreve á asomar su 
esbelta cabeza en algún palmo de tierra abandonada. Na- 
die quiere eer ni fabricante ni agricultor en estos tiem- 
pos, unos por miedo á lo que vendrá y otros por temor al 
qué dirán. Tenemos millares de leguas de tierras baldías 
que se prestan á todos los cultivos, y sin embargo com- 
pramos trigos á Chile y papas á la Francia. Tenemos mi- 
llones de novillos y de ovejas, y la Europa nos envía el 



-li- 



mero curtido para nuestros zapatos y los paños para 
nuestros trajes, porque de otra manera andaríamos con 
igual vestimenta á la de los indios primitivos de estas 
tierras, lo que vale decir que no usaríamos ninguna*, Los 
mas insigniticantes procedimientos de la' industria nos 
son totalmente desconocidos: si la Europa nos cerrase 
sus puertas, pereceríamos de necesidad i sarde la falsa 
cuenta que llevamos de nuestras riquezas, de nuestra sa- 
biduría y de lo'que siempre estamos meditando hacer. 

Nuestro saber intelectual corre parejas con nuestro 
adelanto material. Tenemos escuelas primárias gratuitas 
donde se aprende á leer y escribir, y una Universidad 
gratuita también en la cual se aprenden las profesio- 
nes de agrimensor y de abogado» Ningún otro taller inte- 
lectual donde el espíritu de la juventud pueda espandirse 
en las rejiones del saber humano, ha sido instituido pol- 
los gobiernos ó los particulares. Puede llegar momento 
en que los abogados y los agrimensores del porvenir, nos 
sorprendan con la novedad de un espectáculo- de pujilato 
emprendido con motivo de los centenares de cdlegas que 
la Universidad les lance con su insaciable afán: tendre- 
mas la concurrencia áéipró y el contra, y las batallas del 
«*4" & Con estos procedimientos se concibe muy clara- 
mente que léjos de formar una sociedad ordenada, esta- 
mos echando los cimientos de una asociación desorgani- 
zadora. Así es que la Nación en tantos años de existencia 
como cuenta no se conoce é sí misma : ni han procurado 
escribir su historia, ni se ha enseñado su geografía, ni se 
han medido sus montañas, ni se han trazado sus caminos, 
ni se ha hecho otra cosa que reñir, á veces con provecho 
pero siempre con un rencor estraordiuario, por cualquie- 
ra cuestión y en todas las circunstáncias. El mas grande 
de todos los obstáculos para el progreso nacional, es ne- 
cesario decirlo por mas dura que sea la declaración, he- 
mos sido nosotros mismos : á nuestros estravíos debe el 
país su precaria actualidad presente, y tal vez todos los 
sinsabores que le esperan en un porvenir demasiado ne- 
buloso para que pueda abrirse juicio sobre él. 

Tan amarga es la lección de la esperiéncia en este caso, 



SALA URUG 



„,vt 




- 12 - 



que parece llegado el momento de aprovechar sus ense- 
ñanzas: ningún hombre sensato medianamente encariña- 
do á las instituciones libres, puede mirar con indiferén- 
cia la defectuosa condición social de un pueblo cuyas 
querellas continuas están labrando su ruina. Ni los frutos 
de la libertadora los goces lejítimos de una existencia 
tranquila pueden cosecharse sobre una tierra volcanizada 
por las revoluciones, donde los elementos conservadores 
del orden se vuelven á cada instante contra el orden 
mismo. El sentimiento público se ha desviado de la» 
huellas naturales donde debían encaminarle el deseo de 
la prosperidad y de la paz, para lanzarse á la agresión 
airada con que el estravío de las pasiones convida siem- 
pre á los espíritus en efervescencia. El hombre de trabajo 
a quien una conmoción y otra han concluido por arreba- 
tarle su bienestar y su fortuna, so convierte por la deses- 
peración en un enemigo mas de la estabilidad. Cunde el 
mal ejemplo en todas las clases.» y cada uno deja al cuida- 
do de quien le sigue en el orden de la desgracia, el tra- 
bajo de buscar los medios que sirvan para ponerla un fin. 
La intensidad del peligro á que la Nación queda sometida 
es incalculable: en lo que dice relación con los negocios 
políticos hay motivos bastantes para esperar que la fé en 
las instituciones democráticas se pierda, puesto que es a 
la sombra de ellas que todos estos males se producen: en 
lo que concierne al orden social, nada mas desconsolador 
que e m i subversión de principios y esta instabilidad de 
situaciones que paralizan el trabajo, matan la industria y 
constituyen una verdadera negación del progreso. A se- 
guir por la misma huella de la manera conciente con que 
empezamos a hacerlo, concluiremos por consumar todas 
las inmoralidades. 

Rajo pretcstode que los intereses materiales prostitu- 
yen el alma con la pasión de un positivismo detestable, 
estamos formando una escuela de sofistas que concluirán 
por santificar la haraganería. Si el progreso material se 
efectúa y á su consecución tienden todos los esfuerzos de 
las sociedades modernas, no es porque la sociedad esté 
pervertida ni porque su ideal sea el becerro de oro, sinó 



10 



porque en Jos adelantos materiales radica la fuerza de la 
espécie luí mana, y a medida que el cuerpo se libra de las 
incomodidades de la miséria, el alma se espande con mas 
ahinco en las rejiones del pensamiento. < Alina sana 
en cuerpo sano > dice una máxima que ya no está en 
l>oga, y esta verdad reasume la idea que guía los esfuerzos 
sociales. Arránquese de la miséria en que viven á los 
proletarios europeos ó álos rotos de Chile, póngaseles en 
aptitud de habitar una vivienda cómoda, de leer libros 
instructivos en las horas de reposo, de trabajar en lim- 
pios talleres en las horas dedicadas á la fatiga, y se verá 
como esas intelijéncias se digniíican y esos espíritus con- 
turbados por groseras ideas se aquietan y se espanden. 
Por otra parte, no es posible que la sociedad rejida por 
leyes eternas, asentada sobre bases incon movibles, guia- 
da por principios que han salvado incólumes de todas las 
revoluciones, pueda equivocarse en la concepción desús 
destinos y permanezca siglos y siglos persiguiendo ideales 
que no se encuadran con la solución definitiva de su feli- 
cidad futura. Habría nlgo de profundamente ilójico en hi 
obra del supremo Creador si los instintos del ser racional 
no fueran la espresion de la voluntad divina, ni traduje- 
ran los sentimientos predominantes en el hombre bajo 
todas las latitudes y en cualquiera de los países do se en- 
cuentre. Seria absurdo que el instinto de conservación 
no diese oríjen al deseo de conservarse ; que el senti- 
miento de lo desconocido no hiciese nacer el deseo de sa- 
ber y progresar; que la ambición á un lejítimo reposo un 
estimulase al trabajo, al ahorro, á la econo i.ía en el pre- 
sente, para dar lugar á los goces en lo futuro. El hombre 
viviría bajo el poder de una tiecion despreciable si todo 
loque siente, desea y quiere en lo íntimo de su alma, si 
todo lo que su razón no rechaza ni su conciencia condena 
le fuera perjudicial en la vida, y llegase un dia en que de- 
biera convencerse de haber errado acatando loque erée 
justo, moral, digno, providencial, útil. No ! la sociedad 
no se engaña cuando trabaja y cuando ahorra, porque en 
las riquezas que acumula hoy, está el bienestar de las ge- 
neraciones de mafiana. 



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Bien que los goces de la tierra sean pasajeros y nuestra 
morada en ella transitoria^ no por oso dejamos de cum- 
plir la misión que ((Miemos: nacidos bajo el imperio de 
la ley del sufrimieato y el trabajo, aspirarnos por contra- 
posición á los goces y al descanso. Tal vez esos goces no 
sean completos ni con mucho, es probable que ese des- 
causo sea harto bréve ¿pero qué hacer si no nos es per- 
mitida otra cosa ? Se pregunta á la Economía política la 
razón de tantas pénas y tan exiguas compensaciones ; se 
la acusa de no dár solución al problema del destino del 
hombre así en su faz visible como en la faz oscura que la 
muerte vela ¿ y puede ella responder satisfactóriamen te ? 
¿podría álguien hacerlo en su lugar? Toctos las ciencias 
tienen por obgetivo la investigación de la verdad, pero la 
verdad no se revela á los esfuerzos de la intelijencia hu- 
mana sinó hasta cierto límite: mas allá de la valla 
opuesta a nuestras facultades, todo es impenetrable. Con- 
tentémonos con observar lo visible, con estudiar los he- 
chos para deducir las consecuencias que de ellos se deri- 
ven, pues á esto se reduce nuestra misión. Si el hombre 
está destinado al sufrimiento y al trabajo en la tierra, 
cuanto ménos sufra y ménoa trabaje mayores serán sus 
goces. El progreso económico tiende á realizar este ideal, 
tiende á disminuir las pénas aumentando las satisfaccio- 
nes 1 luégo, bendigtmos ese progreso que redime de la mi- 
seria á nuestros hermanos* 

En hora buena crean los moralistas que la adquisición de 
las riquezas prostituye el alma, ellos que escriben seme- 
jantes cosas al abrigo de sus necesidades materiales satis- 
fechas: en hora buena haya pretendidos estoicos que en- 
galanados con magní lieos trajes van predicando por los 
salones la prostitución del siglo, ellos que son apóstoles 
en cuya propaganda brilla el ejemplo por su auséncia : lo 
cierto es que tan vulgares proposiciones no pueden hacer 
éco entre gentes sensatas. El progreso material de la hu- 
manidad es lójico porque obedece ásus instintos propios 
v do contradice sus tendencias. Si la existencia humana 
no reposáis sobre bases completamente materiales, si 
el alma de cada hombre noíuí'se una fuente inestinguible 



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de deseos, se comprende y se esplica que el trabajo, fuera 
una pena inútil, que la adquisición délas riquezas fuese 
un acto de avaricia y que todo hombre deseoso de traba* 
jar y de adquirir, no representára mas que una sórdida 
conjunción de intereses mezquinos a tropel lándose por sa- 
ciar bastardas aspiraciones. Pero cuando se considera que 
la ley del trabajo es la condición ineludible de la vida, que 
aquel que no trabaja no come y el que no come muere* 
es grotesco atacar esa tendéncia de la humanidad á poseer 
bienes materiales en cuya adquisición vá su existencia, y 
de cuyo ahorro depende su bienestar futuro. 

Además, fuera de la riqueza ¿ hay alguna otra combina- 
ción que pueda concluir con la miseria ? A aquel que su- 
ffe hambre ¿se le mejorará de condición sin darle ali- 
mentos? Al que sufre frió ¿ se le podrá consolar sin dar- 
le ropas ? La miseria .es la abyección : abyección del 
cuerpo que se debilita, se quebranta, se envicia: abyec- 
ción del alma que se materializa, se empequeñece, pierde 
la conciencia de su ser, y se atrofia en el lodo de las pasio 
nes brutales. Elíjase desde luégo éntrela misériaque en- 
vilece ó la riqueza que cura la miséria ; entre el malestar 
del cuerpo y del espíritu que producen la caída del hom- 
bre, ó el bienestar de ambos que dignifica sus pasiones y le 
devuelve la conciencia de su superioridad. Los ejemplos 
de la esperiéncia prueban demasiado que la humanidad 
no se equivoca cuando tiende á adquirir riquezas por me- 
dio del trabajo : ahí están las razas indias con sus preocu- 
paciones reí ijiosas de inmovilidad y de «terna contempla- 
ción del infinito, sumidas en la mas criasa ignoránciay la 
mas deplorable miséria. Ellas creyeron que era mejor es- 
tar sentado que de pió, acostado <jue parado, muerto que 
acostado, y por premio á sus desvelos no encuentran hoy 
otra herencia que la pobreza, la esclavitud, la ignorancia, 
y en suma, la postración del espíritu y el desprecio por 
sí jnismas. Después de todo ¿ podrá acusarse á la sociedad 
trabajadora de ilójica cuando tan firmemente se ha con- 
ducido, y se la podra tachar de egoísta cuando tanto se 
esfuerza ella por encontrar el remédio de sus males den- 
tro de sus propios recursos? El hombre orando rinde un 



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homenaje á I)io>. pero el hombre trabajando demuestra el 
•acatamiento práctico de las leyes del Creador, la confor- 
midad con su destino y el cumplimiento de los deben- 
que se impone á sí misino en virtud de esas leyes. Sean 
cuales fueren las acusaciones que se hagan y las dudas 
que pretendan suscitarse, el progreso económico es la es- 
presión del cumplimiento de un plan providencial cuya 
tendencia visible conspira á minorar los sufrimientos ge- 
nerales, universalizandoel bien. A medida que la socie- 
dad progresa, la miseria retrocede : á medida que el bien 
se estiende, el mal se restringe y los destinos del hombre 
empiezan á vislumbrarse en una esfera mas dilatada. 

Un espíritu exajerado podrá encontrar tal vez mucho 
de positivo y poco de ideal cuesta clase de razonamientos 
pero las necesidades humanas que solicitan pronta sat is- 
faccion por médio de hechos y no en virtud de palabras, 
tienen un modo de espresarse demasiado enérgico para 
que no conviden á serias reflexiones en virdud de sus re- 
clamos. Lanzado el hombre á la tierra en estado de des- 
nudez y de miseria encontró aquí abajo todo cuanto nece- 
sita para su sustento, pero se ha visto precisado á buscar 
en la escasez de sus fuerzas los elementos conque vencer 
á una naturaleza tan rica en dones como rebelde á las sú- 
plicas. Toda la vida del ser racional está destinada al 
trabajo, y las generaciones que se suceden no dejan otro 
rastro trás de sí que el de una conspiración constante de 
la intelijéncia contra la materia, déla labor activa del 
hombre contra ht esquivez de los dones naturales, de la 
miseria fatal de la humanidad contraía riqueza exuberan- 
te de la naturaleza creada. Y lo que se relaciona con los 
individuos es igual á lo que concierne á los pueblos, que no 
son otra cosa <p¿e una agrupación de individualidades. 
Es imposible prescindir de la riqueza individual cuando 
se quiere tomar en cuenta la riqueza pública, única condi- 
ción de libertad para las naciones* Por que es cuestión 
averiguada que un pueblo arruinado es un pueblo esclavo; 
mientras que uu pueblo opulento no esta sujeto ni á los 
vejámenes de los estraños á quienes nada debe, ni á las su- 
jestiones de los partidos sin pudor que todo se lo prome- 



- 17 - 



ten á cámbio de revoluciones, y nada le cumplen después 
que han escalado el poder público* 

En presénciade la cruel situación que nos agóbia, es 
necesario que el país se esfuerce por entrar en las vías re- 
gulares de una labor ordenada* Todos nuestros conatos 
deben tenderá la estimulación y al fomento del trabajo, 
para que se forme definitivamente una clase-média social 
que hoy no existe, y cuya falta se hace mas sensible á me- 
dida que los trastornos políticos se tornan inevitables en 
períodos cada vez mas cortos. Si no rompemos con las 
tradiciones de caballeresca holgazanería que han conclui- 
do por traernos al estado presente, quedaremos relegados á 
una inferioridad muy dolorosaen el órden social y político, 
cuando queramos establecer paralelos entre los pueblos 
que nos rodean y el nuestro. La Nación necesita entrar en 
el camino de grandes reformas: necesita traer inmigrantes 
escojidos que foimen un núcleo respetable de obreros in- 
telijentesy de agricultores adelantados : necesita fundar 
escuelas de cormercio que nos prepáren comerciantes só- 
lidamente instruidos ; necesita fundar escuelas de ártes 
y oficios que nos eduquen una generación de obreros y ar 
tífices : es necesario un número de ingenieros civiles y 
agrónomos, que no puede obtenerse si no se funda una 
escuela de ingeniatura. Hay necesidad de reformar nues- 
tras tarifas aduaneras, libertando álos frutos del país de 
los enormes derechos con que se les ha recargado, a fin de 
fortalecer el poder productivo nacional. Hay urgéncia en 
que se funden bancos hipotecários, para dar movilidad á 
jos capitales estagnados entre los cimientos de la propie- 
dad raiz : es urgente también que los distritos agricultores 
puedan encontrar alivio á sus cargas por médio délos ban- 
cos rurales quese establezcan enellos. Ningún estimulante 
debe dejarse eu olvido para conseguir la victória del tra- 
bajo, sobre las costumbres de holganza que desgraciada- 
mente nos arruinan: desde la formación de jardines pú- 
blicos donde se ensaye el cultivo de la plantas y semillas 
útiles, hasta la creación de establecimientos especiales 
donde se ensaye el cruzamiento y la mejora de las razas ani- 
males, todo es conveniente. Pongamos mano á la obra con 

o 



- 18 — 



energía, por que la necesidad do hacerlo es apremiante. 
Todas las naciones delmundo, como vamos á demostrarlo 
en seguida, han tenido que refujiarse en el trabajo asiduo 
y constante para asegurar su libertad ; y cuando no lo lian 
hecho, han caido en la mas triste esclavitud. 



1) 



El desarrollo progresivo déla clase-média al través de 
las vicisitudes del tiempo, es el episodio mas interesante 
que puede ofrecerla historia de la humanidad. Esa lucha 
del trabajo contra todas las estorsiones, esas victórias de 
la industria contra el poder militar de los potentados, son 
espectáculos que confortan el espíritu y demuestran á las 
intelijencias pensadoras cuán profundo es el surco queá 
vueltasde insistente perseverancia ha podido hacer en la 
tierra el progreso humano. Vamos á asistir por médio de 
una rápida ojeada histórica, á la formación, al progreso y 
al triunfo de la clase que en su enfático lenguaje designa- 
ron los políticos del siglo XVI con el nombre de tercer es- 
tado, y el cual sin que ellos lo presumieran traía en gér- 
men todas las reformas sociales y todas las concepciones 
del derecho moderno que hoy constituyen el programa de 
las sociedades nuevas. Se puede admirar en el curso de 
esta evocación á lo pasado, la perseverancia gloriosa con 
que los pueblos prosiguen las huellas á veces sangrientas 
y á veces luminosas del progreso, sin que las interrupciones 
impías del despotismo sean suficientes á estinguir el es- 
fuerzo de la voluntad humana, que a semejanza de Anteo 



- 20 - 



se levanta con nuevo vigor cada vez que la derrota la 
vuelca sobre la arena de la lid. Bien que en algunas épo- 
cas la magnitud de la opresión gubernativa sea tan es- 
tensa que deje percibir apénas la posibilidad de vivir 
bajo su yugo, no por eso los pueblos se detienen en la 
prosecución de su camino; y si en una parte del mundo 
mírase languidecer el ánimo de la humanidad que pro- 
gresa y trabaja, en recompensa se siente el movimiento 
contrário en cualquiera otro estremo donde la libertad 
de acción es permitida. De todo esto se desprende una 
elevada íilosoíía que demuestra hasta qué punto es po- 
deroso el hombre, cuando dueño de sí mismo opone la 
virtud del trabajo constante y asiduo, á las maquinacio- 
nes de todas las tiranías y á las absurdas combinaciones 
de los sistemas retrógrados. La formación y el desarrollo 
de la clase-médiaque vamos á bosquejar á grandes rasgos, 
es una lección filosófica que deben aprender todos los 
pueblos, porque la causa que en ese largo período histórico 
se debate, es la causa déla humanidad'. 

La antigüedad mas remota no nos presenta ejemplos 
sobre los cuales pueda fundarse una apreciación exacta 
de las cosas, á causa de la exageración de las opiniones y 
de la vaguedad de los datos que constituyen la base de los 
trabajos legados por los primeros historiadores. Epocas 
de latrocinio y de conquista donde el criterio de la huma- 
nidad se formaba por la adoración de la fueraav-Ébftion 
los tiempos primitivos de la sociedad los que puedan 
prestar un esclarecimiento mas seguro á las investigacio- 
nes científicas. Se sabe sin embargo que el péscatelos 
tributos estaba en razón directa de la ignorancia de los 
tiempos, y que la carencia de un orden regular en el go- 
bierno hacía de las nacionalidades un conjunto dividido 
en esclavos y señores. Los pueblos antiguos empezáron 
como tribus nómade» que abajando desde el Hwte y el 
Oriente hácia el Mediodía y el Oeste, dominaron otras 
tribus allí existentes : luciéronse dueños de los domina- 
dos; individualmente les esclavizáron, colectí?»ni^Bl4e 
les hicieron tributarios, y he aquí los dos primeros gran- 
des elementos de las antiguas imposiciones. Mas adelan- 



- 21 - 



te, la esplotacion por esclavos de las minas de metales 
finos fué otro manantial de riqueza para los dominado- 
res» Por manera que los primeros impuestos que el mun- 
do reconoció fueron la esclavitud, el producto de los 
pueblos sojuzgados y las minas (1). No es difícil com- 
prender desde luégo que las contribuciones basadas sobre 
tales elementos acusan una ignorancia completa del árte 
de gobernar á los hombres equitativamente. En las so- 
ciedades antiguas no habia un elemento intermediario 
entre las clases elevadas y el estado llano, que contuviese 
los avances de las primeras y neutralizase la miseria del 
último : todo se reducía á ser amo ú esclavo. 

Cuando se formáron los grandes impérios que reasu* 
mieron las tribus errantes y las pequeñas nacionalidades 
para darlas una forma mas consistente y civilizada, la 
condición social si no mejoró^ara las clases pobres, á lo 
ménos fué mas segura, basándose las exacciones en cierto 
sistema de órden. Vemos que bajo el Imperio ejípcio, 
á pesar de existir la esclavatura, ya habia nacido y pro- 
gresaba una clase social bastante numerosa para mere- 
cer la imposición de un tributo : así fué que sobre la 
pesca y sobre los frutos de la tierra se creó un impuesto, 
tendente á sufragar en buena parte los gastos de la ad- 
ministración pública. Del mismo modo que los ¡Egipcios, 
los impérios de Asiría, Media y Babilonia, echaron im- 
puestos sobre los productos déla tierra, miéntras gue 
también los imponían con dureza á lqs pueblos conquis- 
tados, cobrándolos ya en metálico, ya en animales y é 
veces -hasta en doncellas y eunucos* J)espues que el ór- 
den político de la antigüedad fué trasformaejo por el poder 
absorbente; de los persas, quedáron los tributos, en el 
mismo pié. Darío rebqjó siaembargo la mitad del im- 
porte de los que se xjobráJban en .$w dominios, después 
de haber hecho formar un censo de toda$ las: tierras de 
la nación. Por lo que se vó, si bien habían ganado los 
pueblos antiguos en la trasíbrmacion que*' ge siguió de su 
existencia de tribus errantes á su ascención al rango de 

\L) Luis M. Pastor — Jba Ciénoia de la Contribución. Tom. I cap. 
I páj. 5. 



SALA URUGl 
BIBLIOTECA NACIC 



-lu- 
naciones poderosas, no correspondía el esplendor de su 
progreso político con la penúria de su estado social. Pro- 
venía este hecho de una tendencia muy marcada que 
imprime su carácter á aquella época : el desprecio al 
trabajo. 

Es imposible recorrer las historias de las primeras gran- 
des nacionalidades, sin apercibirse inmediatamente de la 
antipatía con que el trabajo era mirado en ellas. Se im- 
ponía á los esclavos y á los pueblos conquistados el deber 
de trabajar, como el mayor de los castigos a que pudiera 
sujetarse á la creatura humana. Se despreciaba á los tra- 
bajadores considerándoseles naturalezas viles, individuos 
incapaces de alimentar en su espíritu la pasión de la glo- 
ria militar y el valor salvaje que conduce álas proezas de 
la guerra, única aspiración preconizada en aquellos tiem- 
pos y únicas dotes exijidafpara llegar alas encumbradas 
posiciones del Estado. Aun los mismos gobernantes que 
destinaban alguna atención á la mejora de los intereses 
materiales de sus pueblos, eran mirados de reojo : entre 
]o> persas, Dario mereció el apodo de Mercader por haber 
rebajado la mitad del impuesto á sus súbditos. Las cla- 
ses trabajadoras, pues, nacieron en la esclavitud y murie- 
ron en ella durante centenares de siglos : su condición es- 
clava ñolas libró, sin embargo, de los malos tratamientos 
oficiales, porque á la opresión individual tuvieron que 
agregar el desprécio público y los duros tributos exijidos 
á8U8 esfuerzos. Cuando el total de las contribuciones pe- 
didas por la autoridad no podia cubrirse en especie amo- 
nedada, era necesario deshacerse de los animales domés- 
ticos de trabajo y de los instrumentos para llenar la cuota 
prescrita,ysiasi mismo esto no era bastante, entonces se en- 
tregaba una de las doncellas de la familia para el serrallo, 
ó siempre que se pretiriese el cámbio, podia verificarse en- 
viando un jóven que después de sometido á una operación 
infámese le destinaba á hacer la guardia de aquel lupa, 
nar oficial. Tal fué el estado de la sociedad antigua, que 
los babilonios y los médos entregaron á los persas, y que 
estos no elevaron ciertamente al grado de civilización po- 
sitiva que correspondía con su ruidoso esplendor poli" 
tico. 



- 23 - 



Derrotado el poderío de los persas por las victorias de 
Milciades, Auribiades y Cimon, que prepararon la retira- 
da de Xenofonte é hicieron fácil la conquista de Alejan- 
dro, un nuevo órden económico surgió con las repúblicas 
griegas. Esparta y Atenas dividiéndose por mitad la suer- 
te de la Grécia, imprimieron en sus dominios el sello de 
las costumbres que deseaban perpetuar y la tradición del 
sistema que necesitaban seguir. Lacedemónia fundó su or- 
ganización social sobre la esclavitud del pueblo y la hol- 
ganza de unos cuantos elejidos : Atenas preconizó también 
la esclavitud pero desdeñando el trabajo como una ocupa- 
ción vil, no lo proscribió en sus leyes, ni se impuso la 
obligación de despreciar sus rendimientos. De aquí resul- 
taron para esta última nacionalidad progresos muy gran- 
des, cuyos testimónios reales dieron oríjen á observacio- 
nes notables por parte de escritores esclarecidos* Platón 
describió con mano maestra las ventajas de la división 
del trabajo : Aristóteles difinió la moneda é hizo patente 
con una fuerza de lójica que no le ha arrebatado hasta 
hoy escritor alguno, la utilidad incontestable de las clases 
médias parala paz y el progreso de las naciones : Xeno- 
fonte apuntó las consecuencias de la usura, precaviendo 
á los gobiernos contra el espíritu de monopólio. Estas 
ideas que se abrían paso por entre el mundo griego, debie- 
ron quedar sin embargo fatalmente relegadas al desprécio 
tan luego como el brillante período de la grandeza helé- 
nica llegó á los límites de su corta duración; porque un 
poder bárbaramente formado sobre el ciego espíritu del 
militarismoy la conquista, se arrojó á la absorción del Uni- 
verso conocido. Tras de Grécia apareció Roma. 

La organización social de los romanos como todo aque- 
llo que reposa sobre el poder deTla fuerza bruta, fué un 
manantial de inmoralidades. El nombre de República 
con que ornamentaron los ocho primeros siglos de su omi- 
nosa tiranía, fuera el descrédito de la democrácia si pu- 
diera concebirse una repúbica semejante. Dividida la 
nación entre patricios y plebeyos, los primeros noencon- 
t raron otro ideal que la glória de las armas, y los segundos 
no supieron más que uncirse al carro del vencedor ó su- 



- 24 - 

blevarse en demanda de subsistencias y de tierras. Las 
disposiciones económicas de la República romana son la 
sanción del robo : en sus primeras luchas con Cartago se 
publicaron edictos que decían : « los pueblos comercian- 
tes deben trabajar para nosotros ; nuestro oñcio es $1 de 
vencerles y exyirles impuestos. Continuemos la guerra 
que nos hace señores suyos, éntes que dedicarnos ai co- 
mércio que les hace esclavos nuestros. > Sus ideas reli- 
jiosas eran tan despreciables, que levantaban templos á 
Jovi proedatori ( Júpiter ladrón )• Sus ^depredaciones son 
tan inauditas que la história se estremece al enumerarlas: 
el saqueo de Siracusa, el saqueo de Tarento, el saqueo 
de la Siria, el saqueo de las ciudades de Numidia, y los 
frailucos do Paulo Emilio cuyo carro triunfal fué seguido 
por doscientas y cincuenta carretas llenas de oro y plata- 
Manlio robó el Asia menor, Semprónio la Lusitánia, Fla- 
co la España. Sesenta ciudades del Epiro fueron saquea- 
das y destruidas por las lejiones romanas ( 1 ). Nopodia, 
pues, un pueblo semejante, establecer su dominio sobre 
bases de moralidad administrativa, cuando el culto de 
todas las pasiones inmorales éralo que constituía la reli- 
jion de sus deberes. La holganza para los de arriba y la 
esclavitud para los de abajo, fué el obgetivo dé esa p0- 
lítica romana que tanto senos ha enseñado a ensalzaren 
la falsa educación clásica de nuestros coiejios. Como era 
natural, aquella armazón carcomida tuvo que hacer p|£za 
a un nuevo órden de cosas, y el Imperio de César y de Au- 
gusto, sinó mas moral á lo menos mas organizador, recojió 
la herencia de Jos que habían comenzado su vida robando 
las mujeres de sus vecinos, y la concluyeron haciendo uua 
conjuración armada para no pagar las deudas que contra- 
jeran en ocasión á las saturnales con que enlodaban su 
vida en loe últimos tiempo?. 

El Império trajo ideas de administración que no se ha- 
bían conocido bajo la República, Se hizo un censo general 
de la población, se cobraron los impuestos con mas órden, 
reorganizaron las aduanas, y se estableció la unidad ad. 



(1) Blanqui— HUtoriadela Economki política en Europa— cap. V. pj.39. 



- 25 ~ 



ministra ti va en todo el dominio romano : sin embargo, se 
conservó la esclavatura, porque el pernicioso ejemplo de 
una tradición seguida fielmente era superior á todo razo- 
namiento en contrário, Roma dió entonces una remarca* 
ble evolución política, que la permitió progresos efímeros 
para preparar a^i decadéncia total. Los emperadores com- 
prendieron desde Augusto, que los límites del Imperio ha- 
bían ido demasiado léjos para que el entusiasmo de las 
conquistasno fuese sustituido por el interés de conservar lo 
conquistado, y asi se dedicaron á la obra de una organiza- 
ción administrativa que no fué descuidada ni aunen los 
dias oprobiosos de Caracalla y Heliogábalo. Por otra parte 
las necesidades siémpre crecientes de un pueblo que con- 
sumía mucho y no producía cuasi nada, humanizaron las 
medidas contra la industria modificándolas en un sentido 
favorable ála comunidad. Asi, se establecieron almacenes 
públicos paralaventadelos trigos, mas tarde se premió lá 
importación de granos, después se reedificaron los puer- 
tos de Ostia y de Terracina y por último se capituló con 
los comer ciantes de granos á los cuales hasta se les dieron 
prémios en tiempos de Nerón, por causa de las terribles 
hambre que solo ellos podían atenuar en los momentos 
de una caréncia asombrosa de subsisténcias. Pero la hora 
de decadéncia habia sonado par Roma, y la humanidad 
necesitaba reivindicar sus derechos abatiendo aquel colo- 
so en cuyo seno la esplota cion del hombre por el hombre, 
se había elevado á la categoría de ufi principio de gobier- 
no. Nueras aspiraciones se sentían y nuevos horizontes 
debían abrirse para el mundo con la propagación del cris- 
tianismo : él fué quien se sustituyó á la tiranía romana 
dignificando al sór racional con ios elementos que ha- 
bían servido para tiranizarle. 

Se comprende sin esfuerzo la estráordinaria reforma 
que debía traer al mundo, una doctrina que proclamaba 
la igualdad de todos los hombres én médio de una socie- 
dad donde lagerarquía de las castas habia llegado al de- 
lirio del orgullo, y dónde la mayoría de los séres huma- 
nos sometidos a la esclavitud habia descendido de la 
condición de individuos á la categoría de cosas. Reco- 



- 26 - 



mendaban los primeros pastorea cristianos el amor a 
Dios y á los hombres, el apartamiento de las voluptuosi- 
dades de la carne, el espiritualismo en las aspiraciones, 
las virtudes modestas que tienen su asiento en el hogar 
paterno ; y sobre todo, la caridfi^d que en el orden moral 
se manifiesta con la paciencia, la bondad, la paz, el gozo, 
la felicidad, la dulzura y la templanza; y en el órden 
material con la limosna: sacrificio voluntario que no 
puede concebirse sin la existencia de la propiedad indi- 
vidual ( 1 ). La sociedad se sintió empujada entonces 
por la fuerza irresistible de principios nuevos que anun- 
ciaban una rejeneracion inmediata en las leyes, en las 
costumbres y en las creencias que hasta ese momento la 
habian rejido. El individuo no fué ya el siervo que cons- 
tituía con otros de su espécie la propiedad de un señor, 
ni el Estado espresion déla fuerza de unos cuantos seño* 
res, fué por mas tiempo el refújio de los grandes y el azote 
de los humildes: en el órden material quedaron deslin- 
dadas las atribuciones y los deberes de cada uno, y en el 
órden moral quedaron todos sometidos á la justicia su- 
prema de la divinidad. Aquella doctrina que bajo el rei- 
nado de Tiberio César habia predicado un solitário salido 
de Bethlehem, se establecía por íin en la práctica para 
abrir horizontes nuevos al porvenir del inundo y á los 
destinos del hombre. Y un dia no lejano Alaricoeon sus 
hárharosy Ataúlfo con los suyos, salieron de los confines 
de la Europa para pulverizar el poder de Roma, pero en- 
contraron que otro poder mas fuerte que el de los empe- 
radores sujetaba su brazo y convertía su espíritu á una 
noción civilizada y prudente de la libertad : era el poder 
del sacerdote cristiano* 
4 La influencia del Cristianismo como doctrina, como 
ejemploy como ley, fué decisiva para la civilización del 
mundo. A él se debe la manumisión de los esclavos, la 
abolición de los sistemas oligárquicos de gobierno que 
preparáronla caida de las repúblicas griegas, el principio 
de tolerancia, introducido por la prédica de la caridad y 
del amor al prójimo: el progreso del saber, favorecido 



(4) A. Sudre.— Sutoria del Comunismo Cap. V páj. 31 



- 27 - 



por la reunión de los concilios donde acudían todos los 
sábios y por la institución de los conventos, donde se refu- 
jiaban los hombres mas ilustres, donde se guardaban los 
monumentos mas preciosos de la sabiduría antigua, y 
donde se formó la industria sobre bases científicas de ob- 
servación y de procedimiento. Al Cristianismo se debe 
además esa pasión indescriptible con que supo contami- 
nar á todo lo que le rodeaba, esa fé con que inyectó en 
las venas de una sociedad decrépita las ambiciones mas 
gloriosas y mas caballerescas, rejuveneciendo al mundo 
por la fuerza de sus ideas nuevas. Así, en once siglos de 
trabajo el principio cristiano derrocad poder de Roma, 
domina y civiliza á los bárbaros, liberta á los esclavos, 
dignifica el trabajo menospreciado y forma las grandes 
nacionalidades de la Europa que concurren poderosa- 
mente á la civilización universal. No es estraño, pues, 
<jue en el siglo XI á la voz de un humilde fraile el mundo 
europeo se conmueva, y emprenda por ministerio de su 
fé la epopeya sin rival de las Cruzadas. Este servicio 
prestado á la civilización de Occidente en holocausto á 
las tradiciones del Oriente, tiene más importancia que 
laque en general se le atribuye : las Cruzadas contribu- 
yeron poderosamente al progreso humano, porque facili- 
taron la navegación, la industria y el comercio; subdivi- 
dieron la propiedad arrancándola de manos del feudalismo 
para entregarla á la clase inedia, echaron las bases de 
aquellos establecimientos comerciales del esterior que 
tan fecundos resultados dieron d la Europa, y por fin tu- 
vieron una influencia decisiva en el órden regular de las 
nacionalidades occidentales, desde que las libraron en 
mucha parte del poder feudal que no las permitía orga- 
nizarse. 

Al estruendo délas armas que caracteriza el siglo XI, 
debia suceder bien pronto una emoción de otra naturale- 
za. Laclase media que habia ascendido lentamente en el 
nivel social, encontró el momento propicio de hacer sen- 
tir su influencia rejeneradora, y á pesar de las turbulen- 
cias de la época se formó en el siglo XII la Liga Hanseá- 
tica. Esta Liga comenzó por la alianza comercial de las 



- 28 - 



ciudades de Hamburgo y Bremen, que bien pronto hicie- 
ron sentir su poder al punto que muchas otras ciudades 
se las incorporaron, arrastradas por el prestido de la pros- 
peridad comercial y política que la Liga gozaba. Antes 
del final del siglo XIII, la Liga «omprendía todas las ciu- 
dades importantes situadas entre el Vístula y el Escalda, 
y su poderío era bastante grande para contrabalancear el 
de los monarcas mas pujantes. La Liga alcanzó su mas 
elevada gerarquiade esplendor y de poder durante los 
siglos XIV y XV: ella comprendía entonces unas 85 ciu- 
dades confederadas, divididas en cuatro circunscripciones 
ó distritos presididos por Lübeck, Brunswick, Colonia y 
Dantzick, 40 ciudades aliadas entre las cuales figuraban 
Stocolmo y Amsterdam, y un cierto número de otras con 
las que solo había concluido tratados de comercio. Gra- 
cias*á su preponderancia por v mar y por tierra, la Liga 
reprimió la piratería y el bandidaje que no hubiéran he- 
sitado en volver á sus proezas, si su poder no hubiese sido 
quebrantado antes que la civilización se asentára sólida- 
mente. Ella habituó á los ciudadanos al imperio de las 
leyes y ofreció constantemente á sus ojos el ejemplo de 
los buenos efectos de un gobierno regular y obedecido. 
Ella introdujo en sus costumbres los goces y las comodi- 
dades de la vida que sus antecesores habian ignorado ó 
menospreciado, y les inspiró al mismo tiempo el gusto de 
las ciencias y de la literatura. Ella hizo en fia por los 
pueblos del Báltico lo que la Fenicia habia hecho, W 
tiempos mas antiguos por los del Mediterráneo, y mere- 
ció como los fenicios el ser colocada en el primer rango 
de los bienhechores déla humanidad. (1) Este ensayo de 
laclase média fué tan feliz y tan proficuo que llena cuasi 
cuatro siglos de la história, y por mas que un poóWabso- 
luto se presente en pos de él á coartar sus progsesos, la 
fuerza impulsiva había sido bastante enérgica para subor- 
dinarse áunaretrogradacion violenta, jut «tó o 

Coincidió por otra parte con este saludable movimiento 
que venia del Norte, otro uo menos provechoso que sur- 
gió en el Mediodía de la Europa. A los progresos de las 



'D Dictionnair$cUl'Ec.polt,— Ligue Anseátique. 



- 29 - 



ciudades hanseáticas se juntaron los nobles esfuerzos de 
las repúblicas italianas cuya história forma una de las pá- 
jinasmas bellas de las conquistas morales y materiales 
del hombre. La clase média en Florencia, en Venécia y 
en Génova empezó á mostrarse tan poderosa desde el 
siglo XII, que consiguió supeditar el poder de la aristo- 
crácia : la nobleza entregada á la ociosidad vió con dolor 
pero sin conseguir oponerse á ello eficazmente, que sus 
priviléjios caían en el desprécio y que el lustre de sus bla- 
sones no era tanto que deslumbrára los ojos de las multi- 
tudes entregadas al trabajo. Estados pequeños en territo- 
rio, las repúblicas italianas no podian ensayar afortuna- 
damente el sostenimiento de una organización social po- 
sada sobre la base de las oligarquías militares, que cons- 
tituía por entónces el feudalismo en todas partes. Se fun- 
daron pues, aquellas nacionalidades sobre un plan político 
igualitário, y arrojada del poder la nobleza, entró á rejir 
los destinos públicos la clase média. El gobierno se com- 
puso dé comerciantes á quienes muyluégo tranformó en 
hombres de estado la práctica de los negocios y el conoci- 
miento de las necesidades públicas; resultando de su ha- 
bilidad la noción de las primeras ideas sérias de hacienda 
que tuvo la Europa, El comercio fué ennoblecido como 
pfofesion y como médio único de ocupar el poder, y por 
primera vez se vió con asombro que los fabricantes de te- 
las y los buscadores de matórias primeras al través délos 
mares, oran tan aptos para juntar capitales como compe- 
tentes para dirijir la marcha de un Estado. La glória 
ociosa de la espada dejó de serel ideal apuntado á la ju- 
ventud como el mas grande, y señalado á la vejez como 
el mas fespetablé, sin que por estose crea que faltaron á 
aquellas repúblicas ele comerciantes, ni capitanes espertos 
ni guerreros valerosos para defender sus derechos, cuan- 
do los creyeron atacados y tentaron á derimir suscon- 
tiendas póría fuerza de las armas. 

La prosperidad a que se elevaron Florencia y Génova 
puede valorarse por los siguientes datos: en el siglo XIV 
Florencia tenía treinta hospitales con mil camas para los 
enfermos y para los pobres; mas de doscientas escuelas 



- 30 - 



donde 10,000 niflos aprendían á leer, y favorecía las artes 
asignando recompensas espléndidas al genio de los pinto- 
res, délos arquitectos y de los escultores: en cuanto á la 
prosperidad de su comercio, baste decir que se contaban 
doscientas fábricas de tejidos de lana que producían 
anualmente unas ochenta mil piezas de paño, cuya venta 
aseguraba salários á mas de 30,000 obreros; miéntras que 
ochenta escritorios destinados al comercio de banca favo- 
recían por todas partes el descuento y el crédito. Por lo 
que respecta á Venécia su carrera industrial y de comer- 
cio no fuéménos brillante: comenzaron los venecianos 
por vender sal; después es trajeron los productos agrícolas 
del Norte de Italia y buscáron en el Mar Negro los de 
Turquía, Rusia y Pérsia. En el siglo XV solo en su arsenal 
ocupaba Venécia 16,000 obreros y 36,000 marineros : la 
marina mercante no mantenía ménos de 3,000 barcos que 
importaban y esportaban los productos cambiados, esplo- 
rando sucesivamente los puertos del Mar Negro, los de 
Siria y de Ejipto, y visitando de escala en escala todas las 
plazas del Peloponeso, del Asia Menor, de Chipre, de 
Cándia y del archipiélago griego. (1) Esta prosperidad 
que elgénio de la cláse media hizo surgir en Europa, de- 
bía naturalmente traer un movimiento estraordinario en 
lus ideas, y fué tal el que produjo, que la época de los des- 
cubrimientos en la navegación y en las ciencias vino á co- 
ronar el de los adelantos en el comercio y en la industria. 
Casi sucesivamente se efectuó en aquel siglo el descubri- 
miento de la imprenta, la invención de la pólvora y el en- 
cuentro del Nuevo Mundo. 

El descubrimiento déla América debía traer á la hu- 
manidad mutaciones muy sensibles en la marcha de sus 
destinos, y á la industria retrocesos muy grandes en la 
conquista de sus progresos. Por un capricho de la fortuna 
el navegante audaz que buscaba tierras desconocidas en 
la prolongación del Continente asiático,deslumbró con sus 
ofertas á los monarcas españoles que adhirieron á sus 
proyectos, sin saber uno y otros que les estaba reservado 



(1) Llanqui— Histeria de la Ec. polt. en Europa. Cap. XX. prtgr 

luientes. 



- 31 - 



al primero el descubrimiento y dios segundos la conquis- 
ta de todo un mundo. Para desgracia universal, aquel po- 
der que la Providencia ponía en dominio de España, asi 
como fué benélico en manos de los reyes católicos, llegó á 
ser terriblemente funesto en las del estrangero que les 
sucedió mas tarde. Las ideas que por otra parte habían 
dado oríjen al consentimiento oficial para los viajes de 
Colon, estaban calcadas sobre la creencia del hallazgo de 
grandes sumas metálicas, sueño muy persistente entónees 
en cuasi todos los hombres de aquellos tiempos, que hacían 
consistir la riqueza en la mayor acumulación de metales; 
y es por esto que el Nuevo Continente no se prestaba á ser 
mirado sino como un filón esplotable. Un libro bastante 
célebre ha reasumido en conceptos enérgicos la idea pre- 
cursora y el fin dominante del descubrimiento de la Amé- 
rica: «Un proyecto de comércio con las Indias Orientales 
dió ocasión al primer descubrimiento de las Occidenta- 
les: otro de conquista motivólos establecimientos de los 
españoles en aquellos países nuevamente descubiertos; 
el interés político que fomentó estas conquistas fué una 
empresa de buscar minas de oro y plata; y una série de 
prodijiosos accidentes que no era capaz de prever ni pe- 
netrar la prudencia ni la política humana mas perspicaz, 
hizo el proyecto mucho mas feliz de lo que pudieron aun 
soñar ni prometerse con razonables esperanzas sus mis- 
mos emprendedores.* (1) El continente que Colon aca- 
baba de descubrir vino á dar á la España la mas grande 
porción de territorio que haya conocido ninguna nación 
bajo su cetro, y la ascención de Cárlos V al trono en 
reemplazo de su madre doña Juana, hizo a aquel monarca 
el mas poderoso de la tierra para infortunio del mundo. 

Como consecuencia del movimiento impreso á la Euro- 
pa por la Liga hanseática y las repúblicas italianas, la 
sociedad europea marchaba pacífica y tranquilamente á 
la conquista de la libertad industrial, y desarrollaba su 
progreso económico en tan vasta escala que el poder polí- 
tico iba abandonando su antigua dureza para convertirse 
en prudente conservador de la libertad y del órden. El 



(1) Adán Smith— Riqum (Je la* nación**, tomo IIL lib, IV. cap. VII. 



- 32 — 



sistema municipal había nacido en las ciudades libres de 
Alemania, de España, de Italia y de Bélgica r un sistema 
regular de contribuciones establecido en todas partes por 
los rentistas italianos, preservaba á los pueblos de exac- 
ciones violentas : la libertad de comerciar y de trabajar 
vencía al monopolio con brillante fortuna : la esclavatura 
había muerto ó dábalas últimas señales de vidá$ f I& no- 
bleza de pergamino y espada convencida de su inutilidad 
se refujiaba en el trabajo, para adquirir á la par de todos 
la riqueza que ambicionaba, por médio de los saludables 
esfuerzos que ántes había desdeñado. La sociedad éiírO- 
j>ea acababa de ascender á aquel grado de esplendor del 
cual no se retrocede, áménosque profundas calamidades 
aparejándose á estraordinarios é imprevistos suceéos ven- 
gan á perturbarlo todo, introduciendo la tiranía f 'éTdes- 
órden allí donde la libre acción del hombre ha fundado 
un establecimiento regular y una institución de cosas du- 
radera. No podía aventurarse nadie á suponer por entón- 
ces,*que las sólidas conquistas del progreso que habían he- 
cho sensible á los pueblos su responsabilidad comer- 
cial recíproca y sus vínculos sociales permanentes, 
fueran susceptibles de caer en el abismo de la derrota don- 
de iba á sumirles la espada de un monarca civilizado, des- 
cendiente de reyes cristianos y entroncado duna familia 
real que se mostró consumada en el arté del gobierno. 
Pero a pesar del progreso universal en médio del que na- 
cía a la vi(&, y no obstante los antecedentes personales 
que prestyiaban su persona por las tradiciones de familia, 
Carlos V ascendió al trono para ser el mas formidable 
. fcnemigo de los progresos de su tiempo, y para unir el nóm- 
bre de sus antecesores al fúnebre recuerdo de su persona 
y las de sus descendientes. 

Jóven por la edad, esforzado por el brío individual, 
y altivo por el poder material que heredaba, Carlos V, 
hyo de Flandes, emperador de Alemánia f th É^WlP9^ 
paña se preparó á trastornar la sociedad cuyos destinos 
estaba encargado de rejir. Mas flamenco que español, 
si hacia estimación de España era principalmente por 
los recursos que le proporcionaba para alimentar sus 



- 33 - 



ambiciosas miras; y así, rara vez la visitaba que no fue- 
se para solicitar subsidios de sus córtes, (1) Con el pre- 
testo ostensible de declararse el campeón de la cristian- 
dad, pero con la mira secreta de reconstruir el imperio 
de Cárlo Magno en provecho própio, comenzó á guerrear 
contra sus vecinos, y una vez que desenvainára la espa- 
da no la volvió mas á la vaina hasta que el trascurso 
de los años y la suerte de las érmas le hubieron creado 
rivales capaces de afrontar su audácia y su fortuna, 
haciéndole sentir las amarguras de la derrota. Pero 
miéntras duró su reinado, las catástrofes de la humani- 
dad se sucedieron sin interrupción. Despótico por tem- 
peramento, mató las libertades comunales en España, 
en Italia y en Alemánia, trasformó el sistema de las 
contribuciones, cambiándolo por tributos y gabelas que 
secáron las fuentes de la producción industrial; alteró 
la moneda cuantas veces le plugo, infestando la Eu- 
ropa con sus escudos falsificados que introdujeron la 
desconfianza, mataron el crédito é hicieron cerrar las 
puertas á los bancos. Imbuido en malas ideas de go- 
bierno, monopolizó las ártes y el comércio arruinando 
á la Espafla que perdió todas sus fábricas, y cerrando 
á las espansiones de la industria los grandes mercados 
de sus dominios. Por último, mal dispuesto contra todo 
lo que no se doblegase á su codicia de oro y á sus aven- 
turadas empresas de conquista, se hizo espendedor de 
títulos de nobleza creando una verdadera plaga de sol- 
dados y de holgazanes, para oponer dóciles espadachi- 
nes á los pacíficos mercaderes que habían fundado la li- 
bertad política y el réjimen administrativo en la Euro- 
pa civilizada. Fué mas adelante todavía, y la humani- 
dad debe anatematizarle por ello: estableció legalmente 
el tráfico de la carne humana, permitiendo que las co- 
lonias amcricáuas se llenáran de esclavos negros, arran- 
cados del África por miserables traficantes sin con- 
ciencia. 

El sucesor de este monarca execrable, fué tan malo 
como él. Felipe II con su despotismo sistemático con- 

(1) Prcscot— Historia del reinado de Felipe II. Ub. I. cap. I. 

3 



- 34 - 



tribuyó poderosamente u la ruina de su nación, pero 
el destino quiso que aquella ruina de un pueblo gene- 
roso sirviese de fundamento a la libertad del mundo. 
Contra Cárlos se habían levantado en árnias una buena 
parle de sus dominios y algunas naciones europeas: contra 
Felipe se levantó la Reforma que le arrebató los Países 
Bajos y socavó los cimientos de su trono. Poco á poco fué 
deshaciéndose aquel conjunto enorme de pueblos que los 
Reyes Católicos habían intentado reunir bajo un solo ce- 
tro para absorberse el mundo, y el reinado de los Felipes 
marcó para España una horade rápida decadencia. Pero 
aquellos malvados reyes déla casa de Austria desde Cár- 
los V hasta Felipe IV, infíceionáron al universo con el 
virus de una política afrentosa, promoviendo primera- 
mente las grandes guerras que sostuvieron con el oro de laa 
minas americanas, y aletargándose hácia los últimos tiem- 
pos en una indolencia que permitía todos los desafueros 
de la ociosidad contra las virtudes estimulantes del tra- 
bajo. La Reforma encontró desde luégo, un terreno harto 
bien preparado por sus enemigos: ella empezó por pedir 
el libre exámenenuna época en que toda discusión era 
prohibida, y acabó por conseguir la conquista de muchas 
naciónos donde los conventos fueron abolidos poniéndose 
a subasta los bienes de la Iglesia, donde el aumento de los 
dias de trabajo fué sustituido al de muchas fiestas ecle- 
siásticas, y donde la discusión de todas las ideas fomentó 
los progresos intelectuales. 

La Reforma suscitó en Europa á la vez que la pasión reli- 
jiosa, el estremeeimientode la pasión política ahogada por 
el poder despótico délos reyes absolutos. Tan luégo co- 
mo el Império español fué destruido, surgieron á la vida 
de la actividad que aquel coloso tenía aherrojada, todas 
las naciones del continente europeo. Descolló sinembar- 
<> cmiv todas la Inglaterra, cuya conversión al protes- 
tantismo hubode encaminarla al entronizamiento de lade- 
mocrácia pura. En médio de grandes trastornos el pueblo 
inglés que habia soportado el yugo romano primeramen- 
te, que mas tarde ensayó á constituirse en siete naciona- 
lidades bajo laHeptarquía, y que por último se consolidó 



— 35 - 



bajo un solo cetro, había podido aislarse del movimiento 
continental, arrostrando una vida tempestuosa. Este ais- 
lamiento mas bien favorable que adverso á su progreso so- 
cial, formó la orijinalidad del carácter inglés, disciplinán- 
dole en la robustez de sus convicciones y en la paciencia 
de la espera, que han sido las mas relevantes de sus dotes 
própias. A pesar de todos los contratiempos, la actividad 
mercantil y el ardor relijioso comunicaron unprodijioso 
impulso á las riquezas y álas ideas de las clases medias, 
y en uno de los primeros parlamentos del reinado de Cár- 
lo8 1, se echó de ver con admiración, que la Cámara de 
diputados era tres veces mas rica que la de los lores. (1) 
Preparada por sus progresos á las mas atrevidas novacio- 
nes, la Inglaterra que hácia la época de las Cruzadas ha- 
bía arrancado de uno de sus monarcas la gran carta que 
constituye el monumento de sus libertades, llegó bajo 
Cárlos I á formular reclamos en el lenguaje de las revolu- 
ciones, Concluyendo por decapitar al monarca que se opu- 
so á la espansion de los deseos populares-y fundando el go- 
bierno de la monarquía constitucional en sustitución del 
gobierno despótico que ántes ryiera á aquella nacionali- 
dad. La clase-media olvidada y aún despreciada, tuvo 
desde luego una participación activa en los negocios del 
Estado, y fecha desde entónces el verdadero engrandeci- 
miento del poder británico. 

Después de la revolución de Inglaterra viene la revolu- 
ción de Francia, tan conocida por los hechos que la pre- 
pararon como por los frutos que de ella cosechó la huma* 
nidad. Pero entre médio de estas dos revoluciones 1 , existe 
un suceso capital que hasta cierto punto las hermana, y 
ese suceso es el nacimiento de una filosofía nveva que 
abandonando las rej iones del infinito, Asciende á la 
tierra para averiguar cuáles son las necesidades materia- 
les del hombre, y hasta qué punto influyen ellas en la di- 
rección de su espíritu. Estaraos, pues, en el siglo de la 
Economía política, dándonos la mano con Quesnay y es-! 
perando el célebre libro de Adán Smith, cuyas conclu- 
siones anuncian al mundo que no hay organización social 



Guizot.— Hiitóría de la Revolución de Inglatcrra—Disc- prelm. 



- 36 - 



ni progreso político fuera del trabajo. No en balde ha 
marchado la humanidad tantos siglos buscando la radica- 
ción eficaz de sus conquistas : dos revoluciones definiti- 
vamente concluidas han venido áprobar que si las ociosas 
gerarquias de casta pudieron sostenerse con él apóíyb <tó 
la credulidad ignorante, el tiempo se encargó de déstkth 
narlas levantando frente á ellas el poder del lírfbajóV aíg 1 
niñeado por las investigaciones de la cieücia y por ító 1 
enseñanzas de lapráctica. La Inglaterra había duplicado 
la victoria de su revolución en la reforma de las ittiratá-j 
ciones y en la trasformacion de las ideas : Cróflw^y$ 
Parlamento consumaron una revolución en el téTOéiáb^ 
político, que AdanSmith completó mas tarde eá'&i&r-»' 
den social. Cuando la revolución francesa estalló, la tiF 
glaterra la había franqueado el camino, 

¿ Qué fué la revolución francesa ? Una cruzada contírt 
los privilejios. Privilejios de casta, privilejios de posición 
social, privilejios de tradición feudal, todo vino al suelo 
por mano de aquellos terribles niveladores que pasaron 
sobre la Francia el rasero de uña igualdad sangrienta. 
Cayeron las instituciones antiguas, se desplomó el dérof 
cho divino de los reyes, y tomó su representación eü Sí 
poder político y en el órden social el derecho soberano 
de los pueblos, que se encarnaba en las clases médias 
hasta entónces escluidas de participación en el gobierno. 
La sociedad cimentada sobre bases mas firmes, pudo opo- 
ner las exigencia de las mayorías populares hasta entónces 
desoídas, á las conjuraciones de las minorías pertinaces 
enceguecidas por sus ensueños de absoluto dominio. Se 
organizó el poder público con anuencia de los más, en vtefc 
de permanecer estacionario en manos de unos pocos. Y 
el éco de aquellas atronadoras catástrofes no se perdió en 
el yació, puesto que repercutió en todos los corazones, 
hallando partidarios doquiera, A los trastornos del l^^ 
mundo sucedieron bien pronto las revoluciones del nuevo 
Continente, y si la Europa había ensayado á democrati- 
zar sus instituciones políticas, la América intentó con po- 
sible suceso la fundación de la democrácia pura. Bien que 
los contratiempos hayan sido frecuentes en los pueblos 



- 37 - 



latiaps del Continente americano, la raza sajona ha de- 
mostrado con la creari^^ del Nor- 
te, que se puede vivir bien sin monarquía, y que el reinado 
de la libertad es el único capaz de consolidar el reinado 
del derecho. 

La victoria definitiva déla clase media en Europa ha 
marcado la fecha de la entrada de la Economía política á 
íos consejos de gobierno. Elevada la ciencia á un grado 
tan superior, era natural que sus adelantamientos fuesen 
rápidos y que nuevos escritores amaestrados por la nove- 
dad y la exactitud de tan hermosas doctrinas, se lanzaran 
con paso firme en el terreno de los estudios económicos 
Por otra parte, los sucesos políticos de aquellos tiem- 
pos revolucionários convidaban á un ensayo serio de las 
condiciones prácticas en que debía reposar toda solución 
de gobierno, porque destruida la fé relijiosa por la revo- 
lución francesa y roto el equilibrio comercial por la revo- 
lución americana* no había otra fuente de verdad que la 
esperiéncia, ya se quisiese afianzar definitivamente la 
libertad ó ya se desease arribar a la concepción política 
del orden. El movimiento de ideas con que se había ini- 
ciado el siglo XVIII inducía á preveer desde largo tiempo 
un cataclismo, porque al trasformarse en hechos las teorías 
de una filosofía revolucionaria, no quedaba otro término 
médioque la instabilidad ni otro punto de descanso que 
la revolución. Surgían, pues, las ideas cou aquella fuerza 
inevitable que las impone en las épocas de reforma social, 
y la necesidad de una fé razonada golpeando á los corazo- 
nes predisponía las intelyencias al estúdio de lo verdade- 
ro, á la contemplación de lo bello y al deseo de lo bueno. 
Había como puede comprenderse, campo de sobra para 
recojer la semilla de las ideas nuevas, y las verdades eco- 
nómicas que Adán Smith amalgamó en un conjunto cien- 
tífico y que Juan B. Say vulgarizó metódicamente, llega- 
ron á asegurarse el puesto que necesitaban para labrar la 
felicidad del género humano. Una clase social desprecia- 
da, la humilde clase de los trabajadores, encontró al fin 
fórmulas científicas que justificaban sus procedimientos, 
descripciones históricas que ensayaban á demostrar su in- 



- 38 - 



fluencia sobre el mundo; y una filosofía nueva que rei- 
vindicaba para el trabajo el primero de los puestos en 
la organización social. 

Detengámonos aquí para decir dos palabras. En el co- 
mienzo de las sociedades, su constitución orgánica reposa 
sobre la fuerza: los elementos productores de la riqueza 
no se analizan, ni la facultad de adquisición se comprende 
de otra manera que por el despojo, impuesto al débil por 
el fuerte. Mas tarde, las necesidades de la política, la glo- 
ria del poder y los gastos que su sosten demanda, arrancan 
á los déspotas que se llaman grandes reyes ó emperadores, 
señores feudales ó reyes absolutos, algunas concesiones 
en favor de los que trabajan. Después, la organización de 
las confederaciones comerciales demuestra cuan fecundo 
es el principio de la asociación para el trabajo, cuando 
está tutelado por la garantía déla libertad. Y por último, 
las conquistas de la industria concluyen por desacreditar 
la vieja creencia de que la riqueza está en el oro y en la 
plata, dando por este raédio un golpe de gracia á la crea- 
ción délos absurdos sistemas restrictivos, que en el fondo 
no tendían á otra cosa que á conservar la mayor suma de 
metales finos, esportando la mayor suma de otros produc- 
tos encámbio de ellos. Por consecuencia, la hu anidad 
no ha sido libre ni feliz, hasta que la noción exacta de la 
riqueza ha penetrado por completo en el espíritu de los 
poderosos, gracias á los esfuerzos de las clases tiabajado- 
ras. Conviene,pues, que para penetrarnos de la importan- 
cia que el problema de la riqueza tiene en sí mismo, nos 
elevemos hasta su concepción científica, y podamos jus- 
tificar de esasuerte las tendencias de la humanidad duran- 
te el largo trascurso de su marcha. 



III 



Los elementos constitutivos de la riqueza son dos : la 
naturaleza y el trabajo. La naturaleza da cuanto existo- 
aire, agua, tierra, minerales, sustancias: el trabajo tras- 
forma, descompone, combina y aprópia todas estas cosas 
constituyendo con ellas la riqueza. A la ciencia no es da- 
do considerar aisladamente ninguno de los dos términos 
dé esta ecuación, porque solo pueden igualarse en un sig- 
no común estando juntos. Ni hay riqueza posible sin la 
existencia de la naturaleza creada, ni hay apropiación 
de la riqueza sin el ausilio del trabajo humano. 

El carácter de toda riqueza es ser útil, material y apro- 
piada: faltando cualquiera de estas condiciones podrá 
ella existir en estado latente, pero no trasmisible ni cam- 
biable para el hombre que la desconoce por completo. La 
generalidad de las gentes ha confundido por lo común los 
elementos de la riqueza con la riqueia misma. El oro y 
la plata son elementos de riqueza porque son instrumen- 
tes de cámbio ; los campos fértiles, las aguas abundantes, 
los montes frondosos son también elementos de riqueza; 
pero ni las minas de metales preciosos, ni las tierras, ni 
los rios, ni los árboles son la riqueza. Es necesario que el 



- 40 - 



trabajo espióte las minas, prepare los campos, utilice las 
aguas, corte y tranforme la madera de los árboles para 
formar riqueza, porque verdaderamente ella no existe sin 
la apropiación posible. Trasladémonos con la imajinacion 
á Califórnia cincuenta años haoe ¿ de qué servían sus co- 
losales minas desconocidas y vírgenes al trabajo? Miremos 
la Inglaterra tan rica y floreciente hoy ¿ qué era en tiem- 
po de los Pictos sinó una mísera roca perdida en la inmen- 
sidad de los mares ? Es el trabajo del hombre quien ha 
hecho fructíferas las minas de Califórnia, enriqueciendo 
el país con sus productos yes el trabajo también quien 
ha elevado á la categoría de nación próspera á aquella 
mísera Inglaterra, cuyas minas de hierro y de carbón, y 
cuyos territorios desolados no convidaban con grandes 
utilidades á sus primitivos pobladores. 

Si descendemos en la escala de las investigaciones a 
los actos mas vulgares déla vida, siempre encontramos á 
la naturaleza y al trabajo formando el or(jen de toda ri- 
queza. Por mas espontáneos que sean los dones de la na- 
turaleza para la satisfacción de las necesidades del hom- 
bre, siempre hay en mayor ó menor grado un trabajo 
para adquirirlos. No tomará el salvaje del desierto fruto 
del árbol quesácie su hambre ni agua del rio que aplaque 
su sed, sin el trabajo de buscarlos ni la incomodidad de 
llegar hasta el recinto donde ellos se encuentren. No con- 
servará tampoco una porción de estos obgetos para veriü- 
car cámbios, sin ingeniar un médio de trasporte que haga 
útil la apropiación y susceptibles de conservación los ob- 
getos. Por consécuencia, toda riqueza presupone una 
apropiación y toda apropiación siguitica un trabajo pre- 
vio. Riqueza que no es apropiable no es riqueza, porque 
carece de las condiciones de trasmisibilidad ó de cambio 
que la hagan útil para la satisfacción de necesidades. 
Considerada la cuestión bajo este aspecto, la capa raída 
del mendigo es una riqueza porque tiene propietario, ha 
costado trabajo su elaboración y constituye un obgeto de 
cámbio; miéntras que la veta de hulla ó el íilon de oro 
que yacen desconocidos en las entrañas de la tierra no 
son una riqueza, porque nadie la apropia, ninguno traba- 



-41 ~ 



ja para hacerla cambiable, ni hay quien pueda efectuar 
comercio sobre su producto* Para decirlo todo, Ja riqueza 
comienza allí donde hay tuyo y mió : la liebre que corre 
por los campos, el pájaro que se cierne en el espácio, el 
pezque,náda en el Océano, el árbol que florece á la ori- 
lla del camino, son riquezas desde el momento que en- 
cuentran quien las aprópie, porque ya se trasíbrman en 
obgetos de cámbio. 

Algunos autores han creído que debían incluir en el 
inventário de la riqueza universal las dotes de la inteli- 
jencia humana, pensando que el talento, la probidad y la 
saludson una riqueza igual á cualquiera otra. Esta opi- 
nión es errónea, desde que ni la salud, ni la intelijencia, 
ni la probidad pueden trasmitirse ó cambiarse. Es evi- 
dente que un hombre probo, sabio ú honrado tiene apti- 
tudes, para prestar servicios 41a conmunidad, pero en los 
servicios que él presta no van incluidas sus condiciones 
morales que siempre le quedan propias. Si pudiera ven- 
derse una idea, si el móvil que guía un acto de probidad 
fuese incluido en el acto mismo, entonces las condiciones 
morales del hombre serian riquezas porque caerían bajo 
el dominio de las leyes del cámbio ; pero permaneciendo 
ellas intactas en la intelijencia que lasdála vida, no son 
mas que un elemento apto para producir riquezas, sin ser 
jamás riquezas por sí solas. Debemos creer que en elin- 
Yent&rio destinado á liquidar las existencias de una casa 
de comercio, no entrara como partida evaluable la poca 
ó mucha intelijencia del dueño de casa. Es un engaño 
,©uy grande, pues, el que padecen los que suponen posi- 
bles de ser evaluadas las dotes naturales de la intelijen- 
cia, de la probidad y de la salud, porque no se puede con- 
cebir, una riqueza estacionária, impalpable, destituida de 
la facultad de trasmisión, sin desistir de adquirirla ó per- 
der la noción del cámbio. Por otra parte, el sentido co- 
mún indica que toda riqueza sirve para la satisfacción de 
las necesidades Rumanas, y si hubiera alguna que no pu- 
diera llenar este fin, no seria riqueza. Que la intelijen- 
cia del hombre haya, meditado en el modo y puesto en 
practica el método de dominar la materia por medio do 



-42- 



procedimiento8 científicos, es indudable, pero la idea de 
los descubridores no se ha enajenado, pues quedó intacta 
en su intelijencia. Dondi inventando el reloj, Watt in- 
ventando la máquina a vapor, Arkwright y Jacquart 
inventándolos telares modernos no cambiaron sus ideas, 
sinó que las pusieron en práctica, animaron con ellas 
hasta cierto punto obgetos inermes, pero quedaron siem- 
pre dueños de su intelijencia y completamente posee- 
dores de las ideas que la constituían. Fuera'de la com 
binacion de la naturaleza y el trabajo, conspirando la 
una por producir y el otro por apropiarse cosas útiles y 
cambiables, no hay nada que pueda constituir riquezas. 

La distinción que acabamos de hacer entre los dos ele- 
mentos que constituyen la riqueza— naturaleza y trabajo 
—no es una logomaquia pueril ni una sutileza metafísica, 
ántes bien tiene ella la mayor importancia. Toda vez que 
la riqueza fuera considerada como un don natural solamen* 
te, el trabajo humano quedaría condenado, y la ley supre- 
ma é que está sometido el ser racional, la condición per- 
manente de su desarrollo, en suma, el trabajo, podría con- 
siderarse una aberración del estado social, un artificio 
destinado á mortificar al hombre, y sobre todo, un testi- 
monio acusador del plan de la Providencia- Por lo con- 
trario si se creyera á la riqueza un producto esclusiro del 
I ra bajo, vendríamos á parar en que cuanto mayor trabajo 
fuera necesario hacer, mayor riqueza existiría, y por en. 
de, cuantos mas esfuerzos necesitase el hombre para dar 
satisfacción á sus necesidades, tanto mas rico habia de 
ser. Estas dos conclusiones sumamente alarmantes son 
hijas lejítimas de dos premisas igualmente absurdas. Si el 
trabajo es la fuente única de la riqueza, toda invención 
que minore el trabajo será perjudicial, y por lo tanto de. 
bemos condenar el progreso cnya tendencia determinad a 
esla supresionde las fatigas con que la humanidad ha de 
ganar el pan de cada dia. Pero si la naturaleza es quien 
produce únicamente riquezas, la organización social repo- 
sa sobre una liase falsa, porque entonces el trabajo del 
hombre es una negación de lo que él cree su destino, y las 
sociedades y los gobiernos no han tenido la menor idea de 



-43- 



lo que representan ni á lo que tienden sin saberlo. Así 
pues, la riqueza como resultante aislado del trabajo dáen 
último término la esclavitud y la miséria; miéntras que 
siendo producto esclusivo de la naturaleza prueba que el 
trabajo es una esclavitud forzosa, y la organización social 
un plan imperfecto asentado sobre una base falsa. Tan 
perniciosas son ambas doctrinas que requieren ser espli- 
cadas y combatidas formalmente. 

La tendencia de la humanidad es procurarse la mayor 
suma de satisfacciones con la menor cantidad de trabajo. 
A impulsos de este sentimiento ingénito el hombre desde 
que ha podido razonar ha tratado de establecer 6u dominio 
sobre la naturaleza, arrancándola por médio de grandes 
esfuerzos todo cuanto puede contribuir al aumento de sus 
goces. Es así que desde el hombre primitivo hasta el hom- 
bre social, la gran evolución de los tiempos ha visto á la 
tierra convertida en un inmenso taller donde la criatura 
humana ensaya de un modo permanente sus esfuerzos pa- 
ra mejorar la condición de su existencia. Merced al traba- 
jo la naturaleza ha sido vencida y ha tenido que dér ai 
hombre para que las descomponga é su antojo ó se sirva 
de ellas penetrando en susmistérios, la elasticidad, el ca- 
lórico, la electricidad, la gravitación, el agua, la luz, el 
aire, y han surgido de aquí todos los inventos y todas las 
maravillas que hoy admiramos. Por doquiera pues, en- 
contramos al trabajo humano dominando lamatéria, y 
ventos también que sin ese trabajo la materia permanece- 
ría indomable. Ahora bien: si la riqueza es un don natu- 
ral esclusivo: ¿cómo esplicar la necesidad del trabajo pa - 
ra conseguirla? Esta interrogación tendría dos respuestas 
igualmente falsas: ó el hombre se ha equivocado en los 
médios que emplea para adquirir la riqueza, y esto es im- 
posible porque la sociedad no puede equivocarse en aque- 
llo que propende i la conservación de su existencia, 6 
Dios se ha equivocado en el arreglo del plan providencial 
que nos gobierna, y esto es absurdo porque las leyes natu- 
rales que nos rijen y que se reflejan en nuestros instintos 
de conservación y progreso, son perfectas. Luégo es evi- 
dente que la riqueza no proviene de un don natural es- 



- 44 — 



elusivo, pues para afirmarlo seria necesario negar la infa- 
libilidad del instinto de conservación ep. la sociedad, ó la 
superioridad de las leyes naturales decretadas poi Di¡Qp< 
Si fuera de las leyes del trabajo hubiera otras en que al 
hombre le fuese dado adquirir riquezas, la sociedad no 
habria vacilado en adoptarlas para escapar á la fatiga y ,á 
la pena contra ías cuales lucha desde su infancia. Si en 
el trabajo humano no se hermanasen áilave&$i suj&á- 
miento que enseña y el progreso que eleva el espirita y 
morijera las pasiones, Dios habria sometido al ser racio- 
nal á otras pruebas mas fructíferas que aquella. No ha- 
biendo pues, ni la suposición probable áe que la, sociedad 
se equivoque en lo que concierne á su conservado!*, í4 <l ue 
el plan déla Providencia falle en lo relativo al hombre 
el trabajo humano queda justificado y demuestra queseó- 
lo á sus esfuerzos cede la matéria para producir riquezas. 

Miremos ahora la cuestión bajo otra faz. Si la riqueza es 
un producto esclusivo del trabajo, el ser racional $e equi- 
voca en la concepción de su destino^ y todos losesfiieraps 
que hace para minorar la fatiga y haoer gratuitas las sa- 
tisfacciones de la sociedad, son otros tantos precipicios que 
abre á sus plantas. Las máquinas que vemos, los ferro- 
carriles y vapores que suprimen las distancias y abaratan 
los medios de trasporte, tienden irremisibleinente á mino- 
rar el trabajo; lo que ántes se fyacía eaup dia hoy se ha- 
ce en una hora: si ántes se pagaba diez pesos para ir en 
carreta, hoy se paga uno por ir en ferro-cartü. A medida 
que el progreso cunde los esfuerzos del hombre son meno- 
res: luego pues v cuanto más se progresa ménos se trabaja y 
cuanto ménos se trabaja mas pobre es el hombre. Pero 
no es esto todo. Ladcctrina que hace del trabajo la úni- 
ca fuente de riquezas vá directamente á la glorificación 
del sistema prohibitivo. To4o» los gobiernos que dificultan 
la industria y ponen obstáculos á la difusión de las victo- 
rias del progreso* se sienten estimulados por la creencia 
de que la aminoración ¡de los esfuertos para conseguir ri- 
quezas concluye por empobij^r á todos j -i%$yl££ÉP 
máquinas suprJunen una grajLrartp j^^j3SHSy v 
guerra á las máquinas. La concurrencia estraugera impor- 



- 49 - 



ta al país ropas y elementos más baratos que aquellos que 
el país puede producir ácostá de inmensos ésfiiertotf luégo, 
guerra á la cdnciméñcift éstratígera que disminuye él tra- 
bajo naciottól. Oada ¿bátéeulo que sé vence, cadabárrera 
qtíe c¿e e& un miévo motivo de alarma para Jos que creen 
que cuánto totó costoso es el trabajo más grande es la ri- 
queza, Y verdaderamente, si el trabajo fuese la condi- 
ción eselusiva de la riqueza, el hombre marcharía rum- 
bo directo á la miseria cuanto más grande fuera su pro- 
greso. Seria él caso de desear no haber salido nunca del 
estado grosero dé los tiempos primitivos^ deberíamos pe-* 
dirque esós tiempos volviesen para no sucumbir de ham- 
bre. Por su parté los gobiernos en vez de liberalizar sus 
sistemas de contribuciones y de impuestos necesitarían 
recargarlos, pata que los obstáculos á vencer fueran ma- 
yores y él trabajo solicitado con mas império que nunca. 
La naturaleza misma relativamente inerte paraliosotros 
no seria otta cosa que un enemigo constante, una eterna 
remora éfila cual solo encontraríamos permanente oposi- 
ción á nuestros csfuérzos y continuo incentivó á nuestras 
fatigas. ¿Gótitó éóncebir un plan providencial bastante 
justiciero viéndonos condenados á trabajar siempre, ca w 
Válido títtfe&tra fbsa? ¿Oómo glorificar un destino cuyo 
pttiito d« partida es la desnudez y la miséria, y cuyo térmi- 
no feéria el progreso qüe ásu vez debiera suponer desnu- 
dez y misétia? 

Táles son los resultados 6 que conduce la eselusiva 
apreciación dfe uñó' de los dos términos qué componen la 
ééiiácioiirq^a/ Nie^ ttubajó humano aislado ni la na- 
türaleza sWst puédan producir riquezas, pues se hace ne- 
cesario que ambos sé combinen para satisfacer nuestros, 
deseos. Todo lo qtte viene delá naturaleza es gratuito: 
todó 16 qué víené del trabajo es oneroso. Pero el piogre- 
so teittKendo siempre á disminuir los esftierzos hace más 
f^léFttebéjt) v y cada nuevo invento suprimiendo un 
¿Bstáculo difunde feníá tftasá gra^thmeite lo qüe antés 
re óbrctna tf'Bbstá fltó^grandeé ésftiério&; Dé áqui que el 
ÜfSbníé tófé MlAtáíívo y mébos fatigo páttt el hpmbreeii 
razou de los inventos del progreso, tiende & llenar sus né* 



-ne- 



cesidades con méno8 esfuerzos y mayores utilidades todos 
los dias. Llevando la cuestión á sus últimos términos, 
puede argumentarse aún con la sencilléz de la evidencia : 
8apongamo8 que la naturaleza no existiera ¿de dónde sa- 
caría el hombre riquezas cuando tal vez no existiría él 
mismo? supongamos que el trabajo no tendiese á domi- 
nar la materia para arrancarla lo que el hombre necesita 
¿cómo podría formarse la riqueza? plantear la cuestión 
mí es resolverla. No porque la naturaleza dé gratuita- 
mente sus primicias debemos suponér que el trabajo solo 
sea capaz de producir riquezas, y no porque el trabajo 
mismo sea el elemento necesario á la dominación de la 
materia debemos suponer que solo en él se encuentra la 
riqueza. Naturaleza y trabajo son dos elementos insepa- 
rables para la producción de la riqueza, y toda vez que se 
trate de escluir áuno de ellos no podrá arribarse á otra 
cosa querá falsas conclusiones. Distíngase tanto como se 
quiera lo gratuito de los dones de la una y lo oneroso de 
los esfuerzos del otro, siempre se vendrá á encontrarles 
inseparablemente unidos para formar la riqueza. 

Pero esta condición gratuita á que la naturaleza dá sus 
dones, y de onerosidad con que el trabajo dá los suyos; ha 
estraviado á algunas escuelas. No han visto ellas 
que el trabajo humano susceptible de progreso como 
todas las manifestaciones del hombre, ha tendido á ha- 
cerse ménos fatigante, ménos costoso, ménos difícil, y si 
bien por un lado ha podido dañar á algunos, por otro ha 
repartido grandes utilidades entre todos. Es imposible 
negar que una via-férrea entre dos puntos dados arruina 
momentáneamente á las empresas de postas y de carretas 
que hacían el tráfico entre ellos, pero en cámbio abarata 
ese tráfico, hace las relaciones comerciales más fáciles, 
promueve cámbios más sostenidos y permite que con el di- 
nero empleado en viajar mil personas por afío puedan 
hacerlo seis mil. La utilidad del nuevo invento se reparte 
desde luégo entre la masa, y gozan de su favor los propios 
empresarios de vehículos que á primera vista parecian 
arruinados. Bien es verdad que con menor trabajo por 
parte del ferro-carril se obtienen mayores ventajas que 



- 47 - 



con el antiguo sistema empleado ¿pero quiere eso decir 
que Ja riqueza haya disminuido? Al contrario la riqueza 
ha aumentado y el modo como una parte del trabajo se 
verifica es mas conveniente y mas útil. Cuanto mayor- 
mente se haga concurrir á la naturaleza para la formación 
de las riquezas, mayores serán las utilidades que reporte 
el género humano. ¿Quién puede calcular la masa enor- 
me de tiempo y de esfuerzos que costaría el sondaje de 
uua mina, si el vapor aplicado á la mecánica no los reem- 
plazase hoy por un sencillo procedimiento que ocupa á 
tres ó cuatro hombres durante un tiempo relativamente 
breve? ¿Qué inmensa revolución, qué indecible econo- 
mía de tiempo y de trabajo, cuánta seguridad, cuántas di- 
ficultades vencidas supone el parte telegráfico que llega 
de Lóndres á Montevideo diariamente? Así, el trabajo 
humano progresando en sus múltiples manifestaciones 
tiende á hacer cada vez mayores las utilidades gra- 
tuitas que se reparten entre los hombres, porque tam- 
bién es mas grande cada dia su dominio sobre la materia. 
Los que creen qué disminuye la riqueza porque el trabajo 
tiende á disminuir las incomodidades del género humano, 
están obcecados por un triste engaño : olvidan que todo 
lo que dá la naturaleza es gratuito, y que el trabajo aso- 
ciándose á ella reemplaza los esfuerzos del ser racional 
por el esfuerzo de los elementos naturales* 

Esto sentado ¿qué es la riqueza? La posesión de obge- 
tos útiles y susceptibles de cámbio. ¿Qué función desem- 
peña la naturaleza para que estos obgetos sean obtenidos? 
Dar gratuit amente las materias primeras de que ellos se 
componen. ¿Cuál es la función destinada al trabajo para 
obtenerlos? Arrancar de la naturaleza esas materias, 
trasformarlas, descomponerlas, apropiarlas, trasportarlas 
donde lo considere útil é indemnizarse del valor que re- 
presenta el conjunto de esos servicios. Luégo, siempre 
aparece la naturaleza dando gratuitamente sus dones y el 
trabajo cobrando sus servicios : luégo, los dos términos de 
la ecuación riqueza aparecen siempre confundiéndose en 
un signo común, lo que hace estraviar á algunas escuelas 
que incorporan la utilidad gratuita proporcionada por la 



- 48 - 



naturaleza, con la justipreciación del trabajo humano. 
Es así que toda riqueza se determina por dos condiciones 
esenciales, una gratuita y otra onerosa : gratuita es la 
parte que dá la naturaleza y que puede ser apropiada por 
quien lo desée ; y onerosa es la parte que dá el trabajo del 
hombre, destinado á apropiar, trasformar y trasportar el 
obgetoque la naturaléza dá. Cuadra pues, el nombre de 
riqueza á aquello que ha sido arrancado á la naturaleza 
por el trabajo humano ayudado de la intelijencia que lo 
guia, y de esto resulta que cuanto más rico es un pueblo, 
mayor dominación ejerce sobre la naturaleza creada, y 
más dotes de ingenio y mayores virtudes ha téaido que 
desplegar que aquellos que no están á su nivel. El trabajo 
continuo, la constancia, la meditación, las privaciones, la 
fraternidad de los esfuerzos comunes, el deseo de lejíti- 
mas prosperidades futuras que predisponen á las fatigas 
del presente ; todos estos móviles son necesarios para que 
un pueblo aglomere riquezas y pueda gozar de tm bien- 
estar pasable. 

Los moralistas al afirmar que la adquisición de riquezas 
provoca la inmoralidad de las costumbres' y materializa 
al hombre en sus aspiraciones mas íntimas, 'ttafiñ^terttii gra- 
ve error. El contrasentido no puede ser mas grande cuan- 
do se plantea la cuestión en sus verdaderos términos i d 
la adquisición de la riqueza supone dominio sobre la ma- 
téria, es evidente que cuanto más rico sea un pueblo ma- 
yor dominio ejercerá sobré las cosas materiales. Ade- 
más, la esperienck* está hecha por el tiempo, y la práctica 
confirma sus lecciones : entre los pueblos que tienen mu- 
chos ferro-carriles y telégrafos^ mucha industria, muchas 
riquezas; que practican la vidft en el matrimonio y la 
existencia del ciudadano en la plaza pública; y las tribus 
salvajes entregadas á la polígámia y á lá miséria, la elec- 
ción no es dudosa. El instinto que guía al hombre en pós 
déla adquisición de riquezas, nd'éB tía sentimiento con- 
denable fli uü acto de tan espontánea voluntad que puede 
prescindir de él. Foraadd por la necesidad del dia traba- 
jaba el hombr6 primitivo para adquirir su sustento, pero 
laesperiéncia le mostró por mano de necesidades aílijen. 



- 49 - 



tes que si no ejercitaba la previsión ingeniándose por ahor- 
rar en el presente, podría llegará morir de hambre en 
virtud de las exijencias de mañana. Este cálculo natural 
ó sentimiento de previsión que la sociedad ha adquirido 
después de amargas enseñanzas es lo que fuerza al hombre 
á buscar riquezas por médio de su trabajo. Si la sociedad 
dejara de preveer y ahorter un dia solo, recaerían inmen- 
sos trastornos sobre la humanidad entera. En la adquisi- 
ción déla riqueza no hay más que un sentimiento de pre- 
visión, una tentativa de mejoramiento, la satisfacción de 
una necesidad que el instinto de conservación hace sen- 
sible con império. Toda vez que la sociedad no trabaje 
para conquistar el dominio de la matéria y no ahorre 
para estimular y sostener los esfuerzos que han de darla 
esa conquista, sucumbirá : ella recuerda la dura ley á que 
está sometida, y prevee en conjunto lo que se menospre- 
cia en los detalles. 

Como quiera que se mire la cuestión no hay término 
médio para el hombre : ó es rico ó es pobre : ó sufre las 
penas con que le castiga la imposibilidad de dar satisfac- 
ción á sus necesidades, ó satisface esas necesidades y goza 
de un bienestar que le es imprescindible. De un lado se le 
abre el camino del trabajo, de la píevision y del ahorro, 
con lo cual puede aspirar á obtener riquezas y con ellas 
el descanso en un tiempo calculable : de otro lado le que- 
da el ocio que indudablemente le arrastra á la postración, 
á la degradación y a la muerte. En hora buena haya quien 
desee adquitir más y quien desée ménos. pero ese deseo 
que tiene sus gradaciones, con respecto á las personas se 
manifiesta poderosamente en el conjunto, porque todos 
trabajan, todos adquieren y de esa suma total de adquisi- 
ciones se forma la riqueza de la sociedad. Por otra paVte 
el único médio de dominar una naturaleza rebelde lo en- 
cuentra el hombre en el trabajo v y es lójioo que la aspira- 
ción á la riqueza sea una idea ingénita de su espíritu. Me- 
dítese en los esfuerzos de la humanidad, analícense sus 
descubrimientos científicos, sus concepciones artísticas, 
sus estudios favoritos, y se verá que todos ellos tienden á 
dominar la ínatéria. La Física csplica la naturaleza y pro- 



- 50 - 



piedades de los cuerpos; la Química trata de averiguar su 
acción íntima, la fuerza con que la ejercen y los elementos 
que los constituyen; la Dinámica se ocupa de las fuerzas 
que obran sobre los cuerpos y de las leyes del movimiento; 
la Geometría enseña á conocer y medir la cantidad dimen- 
sional ; la Geolojfo trata de la forma interior y estertor 
del globo terrestre, de los materiales que lo componen y 
del modo como ellos han sido colocados en su actual posi- 
ción ; la Astronomía se ocupa de los cuerpos celestes, in- 
vestiga su posición y magnitud é inquiere sus relaciones 
con nuestro planeta. Todas estas ciencias determinan 
principios sobre los cuales se basa el arte para hacer efec- 
tivas sus conquistas y dominarla má^éria. 

Es pues, la adquisición de la riqueza un hecho fatal á 
que está mas bien que invitada, condenada la sociedad 
desde su primer dia de existencia; A ménos de negarse 
á vivir no puede el hombre negarse á adquirir la ri- 
queza que le es necesária para satisfacer laa exyencias 
de su naturaleza própia, y si bien se observa que algu- 
nos hombres mueren de hambre por su voluntad, ó se 
suicidan por no soportar las solicitaciones con que el 
entretenimiento de la existencia se hace sensible, es lo 
cierto que procede adí el menor número, en tanto que la 
mayoría opta por la vida i pesar de todos sus inconve. 
nientes. Vivir, conservarse, progresar, es el rasgo carac- 
terístico de la sociedad, el sentimiento mas fuetle que 
predomina en ella, la pasión mas vigorosamente desar- 
rollada de su organismo; pasión por la cual todo lo sa- 
crifica, incluso el reposo que tanto halaga sus instintos. 
Aún cuando todas las rely iones y casi todas las escue- 
las filosóficas hagan de este mundo un lugar de tránsito 
para el sér racional, el hombre creyéndolo también no 
puede vencer sus instintos de conservación y de pro- 
greso, y la sociedad como si tuviera conciencia de un 
vivir eterno, se aprovecha de esos instintos para arrai- 
garlos cada dia más en el espíritu humano. Hoy como 
ayer, mafiana como hoy, mientras el corazón de un solo 
hombre lata sobre 1& tierra, la adquisición de riquezas 
será la ley suprema de la conservación de la vida. 



IV 



Nuestro trabsgo deesposicion ha concluido. Creemos 
haber demostrado á la luz de las enseñanzas de la Econo- 
mía política y déla Historia.* que la concepción instintiva 
de la riqueza ha dado una dirección superior y ordenada 
á los esfuerzos de la humanidad, raiéntras qué sil concep- 
ción científica ha influenciado Ja marcha de los gobiernos 
dirijiciidola hacia el seüderp por donde el progreso huma- 
no desarrolla sus múltiples elementos de poder- En esta 
descripción á grandes rasgos con que hemos' -enumerado 
los hechos capitales del pasado, se puede juzgnr de su im- 
pulso sobre el presente y de las victórias que merced a 
tantos esfuerzos se diseñan ya en los horizontes del porve- 
nir. La humanidad parece haberse encarrilado en una 
senda de la cual no es dable presumir que se separe: en to- 
das partes se escucha el rumor de los grandes progresos, 
y hasta en los pueblos mas apartados de nuestra aotfrid^d 
civilizadora, el gobierno regulaT sustituye á la ttíbitfyél 
obrero civilizado sucede al esclavo. Preparémonos é solenr 
uizar esta victoria que pertenece por entero & la clase- 
média, y sepamos sacar de ella las provechosas lecciones 
con que instruye á la inesperiéncia de los pueblos nuevost 



- 52 - 



El símbolo que ha de guiar á las nacionalidades al través 
de las vicisitudes que deben concurrir á su pleno desar- 
rollo, se eleva triunfante yé sobre todas las preocupacio- 
nes: la libertad de la industria y la dignificación del tra- 
bajo del hombre, es la nueva bandera con que las genera- 
ciones del presente prepáran un ancho campo á las gene- 
raciones del futuro. La corona del triunfo definitivo 
pertenece á los que vayan mas léjos en ese camino ¿ nó 
vale la pena acaso, que intentemos adelantarnos para lle- 
gar de los primeros ? Tenemos todas las ventajas en nues- 
tro favor : somos un pueblo nuevo, sin tradiciones de 
grande importancia que vencer y si elementos reaccio- 
nários que nos diputen el camino ¿ por qué no hemos de 
osar, lo que nadie podrá resistir ? , 

La sociedad uruguaya no ha complementado su orga- 
nización, porque carece de un elemento intermediario 
que la constituya sólidamente: miéntras no exista entre 
nosotros una clase-média, han de ser inútiles todos los 
esfuerzos que se hagan para conquistar la libertad políti- 
ca, cuya base mas segura es la estabilidad regular de los 
gobiernos y el progreso ordenado de los partidos. Si nues- 
tra existencia es dificultosa, se debe á que hemos inver- 
tido el orden que preside á los adelantamientos huma- 
nos: dando demasiada espansion al alma hemos descui- 
dado las necesidades del cuerpo, ó lo que es lo mismo, 
hemos fabricado un hermoso conjunto de instituciones 
con el fin de cobijará una multitud de individuos que 
no estaba apta todavía para comprenderlas, y hemos con- 
fiado en la acción aislada de las leyes para remediarlo 
todo. El ejercicio de la libertad política requiere largas 
pruebas que nosotros no habíamos ensayado cuando nos 
lanzamos á practicarlo. Toda solución de gobierno ne- 
cesita basarse en las convicciones de lorf gobernados tintes 
que en la fuerza, porque las convicciones aseguran la 
victoria tranquila de lo que se conquista, miéntras que 
la fuerza humilla al conjunto y engendra odiosidades de 
detalle que suelen ser fatales á los pueblos. Es esto exac- 
tamente lo que nos ha sucedido: quisimos aprisionar una 
sociedad embrionaria cutre el rodaje de una máquina 



- 53 - 



complicada, y hemos visto a cada instante que la má- 
quina se entorpecía á vueltas de los obstáculos inespe- 
rados que han dificultado el libre juego de todas sus pie- 
zas. Pero ya que no podemos retroceder, porque todo 
retroceso supone una declaración de ineptitud, dediqué- 
monos a asimilar estos elementos tan heterogéneos de 
nuestra sociedad desorganizada, con el espíritu de nues- 
tras instituciones democráticas y civilizadoras. Para sus- 
tituir el reinado de la fuerza con el reinado del derecho 
necesitamos crear las convicciones que eviten las vio- 
lencias: miéntras no exista la fé republicana hija de 
una convicción profunda, hermanando los designios de 
los gobernantes con la voluntad de loe gobernados, nues- 
tra vida será una lucha permanente entre el poder pú- 
blico que impone sus mandatos, y la sociedad que los 
rechaza con ódio. 

Los intereses materiales, fundamento en que reposa 
la existencia de la humanidad, requieren de nuestra par- 
te una atención mas seria de la que hasta hoy se les 
ha prestado: no debemos olvidar que á fin de que el 
alma conserve la plenitud de sus poténcias, el cuerpo 
necesita estár sano y preservado de la escasez. Hay una 
clase social que sabe por esperiéncia estas cosas, por- 
que ella se ha elevado hasta el pináculo de la fortuna 
á fuerza de perseverancia, de moralidad y de ahorro, 
pero desgraciadamente nuestra vida tumultuosa ha im- 
pedido que esa clase social se forme entre nosotros. La 
ocasión sin embargo, no deja de ser propicia para co- 
menzar la propaganda en favor del ejército industrial, 
cuyas victórias proporcionan sólidas y bendecidas con- 
quistas á los pueblos. Todas las garantías que estimulen 
el trabajo, todos los incentivos que impulsen la pro- 
ducción de las riquezas, deben ponerse en juego para 
favorecer la complementacion de nuestro órden social 
embrionario. Un camino que se trace, una agrupación 
de trabajadores que se radique en un paraje cualquiera, 
una empresa industrial que se inicie en la vida práctica, 
una máquina que se invente ó se introduzca, son triun- 
fos mas gloriosos que los reñidos y sangrientos alcanza- 



- 54 - 



dos por las armas, y en los cuales siempre el vencedor 
es hermano del vencido. Aquellos que deseen de buena 
fé— y son todos los orientales— la felicidad de la Patria 
común, es justo que vuelvan sobre sus errores é incli- 
nen el ánimo público por medio de un grande esfuerzo, 
á la persecución de ideales mas positivos, mas salada- 
bles y mas proficuos que los que hasta hoy se han bus- 
cado. No son las leyes escritas las que constituyen el 
establecimiento sólido de la libertad y de la paz: son 
las convicciones de los ciudadanos, su prudéncia, su dig- 
nidad, su justicia lo que hace que á favor ó A despecho 
de las leyes, la libertad y la paz reinen en los pueblos 
juiciosos. La libertad no se decreta: se concibe, se ama 
y se ejercita cuando uno es digno de hacerlo; porque 
las leyes, ó son el conjunto de Jas aspiraciones sociales 
consagradas en preceptos, y entónces todos las acatan; 
ó no representan esas * aspiraciones, y entóuces nadie 
se crée en el deber de obedecerlas, hasta que por sí 
mismas mueren en el desprecio público. 

Un esfuerzo hábilmente diry ido, puede encaminarnos 
todavía á la conquista de épocas venturosas. En la grande 
evolución política que se ha verificado desde el dia de 
nuestra independéncia hasta hoy, todbs los partidos han 
podido comparecer a la escena posesionándose del mando 
ásu turno: el papel que han jugado ha sido enteramente 
político, y el credo que han afirmado sostener ha sido Ü9r 
dicalmente republicano. La opinión pues, se ha mostrado 
uniforme en la profesión de la doctrina y en el acatamien- 
to del precepto, pero la base tangible á la cual debe vin- 
cularse la idea, no se ha cuidado de establecer. Hemos 
sido teóricos sagaces^ idealistas brillantes, pero muy le- 
jos estamos de habernos mostrado hombres prácticos en 
los detalles de la vida. Asi se vé que los sucesos se han 
encargado de dar el mas solemne mentís a las previsiones 
de nuestros hombres : partidos autoritarios que predica- 
ron largos años desde el poder la condenación de las re- 
beliones armadas, se han lanzado un dia cualquiera á la 
rebelión, para recuperar el poder perdido : partidos de 
principios que habían fundado su credo en el acatamien- 



— 55 - 



to á la voluntad de las mayorías, se insubordinaron contra 
esa voluntad cuando no les invistió del mando, y deseen* 
dieron al campo de la revuelta poniéndose al nivel de los 
ajitadores vulgares. ¿Qué quiere decir todo esto? que el 
ejercicio tranquilo déla libertad no ha sido comprendido 
ni en la fortaleza de espíritu que requiere para los hom- 
bres que han de gozarlo, ni en la paciente constáncia que 
pide á los partidos cuyo obgetivo es la posesión del poder, 
no para eternizarse en él inútilmente, sinó para verificar 
las reformas que la época solicita. Es un hecho positivo 
que cuando las agrupaciones políticas carecen de elemen- 
tos para estar al alcance del "movimiento social á fin de 
guiarlo, ó á fin de seguir sus impulsos, todo esfuerzo que 
hagan para conquistar el poder es contraproducente. No 
insistan pues en semejante aberración, los partidos que 
no se sientan capaces de traer nuevos gltmen tos* de pro- 
greso al taller de la elaboración social. 

Si queremos entrar resueltamente en ef camino de la 
reorganización, hagamos cuestión de gobierno el pro- 
greso material del país, que es el mas sólido funda- 
mento de su progreso político y de su liberad. Estimule- 
mos la producción de la riqueza. dignifiquemo»el trabajo, 
é intentemos sériamen te la reunión de tantos elementos 
dispersos para formar uqa clase-média que modifique la 
exaltación de los partidos y demarque el recto sendero 
por donde se encamine la marcha de la Nación. * La pri- 
mera de todas las libertades es la independéncia perso- 
nal : cuando un pueblo la hft conseguido para la mayoría 
de sus individuos, las instituciones que rijen el órden po- 
lítico tienen «que ser tan libres como los hombres inde- 
pendientes a quienes ellas intentarán subordinar á su 
arción. En todas partes donde el trabajo y el ahorro for- 
man la Jbase de las costumbres públicas, se encuentra 
siempre un pueblo libre, mientras que los pueblos escla- 
vos son aquellos donde el parasitismo, la holgazanería, la 
ociosidad, va engendrando todos los vicios y preparando 
todas las tirauías ; desde la tiranía de la mendicidad cor- 
rompida que solicita un pan sin darse la pena de intentar 
ganarlo, hasta la tiranía de los gobiernos que á cámbio de 



ese pan se imponen por el hambre. Temblemos por nues- 
tra democrácia, si las costumbres de ociosidad á que des- 
graciadamente sesien te tan inclinada una parte del pueblo, 
llegan á cundir entre las clases que trabajan dificultosa- 
mente, y que á veces desesperan de un porvenir tranqui- 
lo! Temblemos por nuestra organización republicana, y 
hasta por los vínculos nacionales quecos unen, si la edu- 
cación tradicional de las profesiones liberales, haciendo 
cada dia mayor camino, llega al fin á decretar el menos- 
préciodel trabajo humilde que ¿tica sus productos de la 
tierra ó ennegrécelas manos de los hombres en el manejo 
de una máquina ! 



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